Capítulo 3: Padre e hijo
INT. CASA DE LOS FERRER/HABITACIÓN DE ULISES – DÍA
Ulises se encuentra acostado en su cama, pensativo, con la mirada ida y tiene un recuerdo pasado.
FLASHBACK
EXT. EDIFICIO – NOCHE
Ulises y Federico vienen caminando a paso lento. El primero se tambalea un poco, evidentemente ebrio.
Federico: ¡N’ombre! Pensar que me dijiste que no bailabas y eras tímido, pero mírate. Te desataste a desbloquear los pasos prohibidos.
Ulises lo empuja levemente entre risas.
Ulises: Cállate. Te dije la verdad, soy muy tímido.
Federico: (incrédulo) Eso no fue lo que vi allá en la disco. Azotaste baldosa como decía mi abuela, eh. No te conocía esos dotes.
Ulises: ¡Bueno, pues! Reconozco que cuando tomo un poquito sí me vuelvo más sociable, aunque tampoco es que acostumbre a tomar así.
Federico: ¿Ah, no? ¿Y qué pasó hoy?
Ulises esboza su sonrisa y baja la cabeza con timidez.
Ulises: Estaba nervioso.
Federico: ¿Nervioso por qué?
Ulises: Porque no tengo amigos hombres y pensé que me iba a sentir más cómodo si tomaba, no sé, para romper el hielo. Es la primera salida que tenemos tú y yo.
Federico: ¿Me ves como tu amigo entonces?
Ulises se sorprende por la pregunta. Federico le sonríe de forma pícara y el primero se pone un poco nervioso.
Ulises: Está tarde. Voy a pedir un carro para irme para la casa.
Ulises saca el celular de su bolso que le cuelga del hombro.
Federico: ¿Por qué no te quedas?
Ulises: ¿Cómo?
Federico: Te puedes quedar en mi apartamento a dormir hoy. Tú mismo dijiste. Ya es tarde.
Ulises: Estoy bien, Fede. Me puedo ir sin problema.
Federico le quita suavemente el teléfono de la mano.
Federico: Insisto. Quédate. Nos tomamos un par de cervecitas arriba y nos relajamos. ¿Qué dices?
Ulises: No, ya te dije que estoy bien. Además mañana tengo clase temprano en la universidad. No puedo faltar.
Ulises intenta quitarle el celular, pero en el intento, pierde un poco el equilibrio. Federico lo sostiene por la cintura.
Federico: ¡Hey, cuidado! No te me vayas a caer.
Ulises se sorprende por la cercanía. No hay más personas por allí.
Federico: ¿Ves por qué te estoy diciendo que te quedes? Subamos. Igual ya estamos aquí.
Ulises no responde y duda. Federico no deja de verlo con esa misma sonrisa seductora.
INT. APARTAMENTO DE FEDERICO – NOCHE
Minutos después, ambos suben. Ulises observa el panorama nocturno de la ciudad. Federico se le acerca desde atrás, sosteniendo dos cervezas.
Federico: Toma.
Ulises se gira para recibir su cerveza, aunque la distancia es más cercana de lo necesario.
Ulises: Gracias.
Ulises agarra la botella, pero por accidente, se le resbala y la deja caer, quebrándose en el acto.
Ulises: (alertado) Ay, no puede ser. ¡Qué bruto!
Federico: Ya, no te preocupes.
Ulises: Déjame ir por algo para limpiar.
Federico: Déjalo así, Ulises.
Federico lo detiene, tomándolo de un brazo.
Federico: Yo luego lo limpio. Relájate, hombre. Estás muy tenso.
Ulises: Creo que fue mala idea subir. Es mejor que me vaya.
Federico: ¿Siempre huyes así cuando estás incómodo?
Ulises lo mira confundido.
Ulises: ¿Cómo que huyendo?
Federico: Sí, me parece a mí que me quieres evitar porque te pongo incómodo.
Ulises: Te equivocas. Para nada es así.
Federico da un paso hacia él y deja la cerveza a un lado, sobre una mesa.
Federico: Entonces quédate.
Federico lo toma del rostro y lo besa, despacio. Ulises se sorprende en primera instancia, aunque no tarda en corresponder.Ulises: (apartándose) ¿Qué estás haciendo?
Federico: (susurrando) Me gustas, Ulises.
Ulises: ¿De qué hablas? Marcela es tu novia. Es mi prima.
Federico: ¿Y? Marcela ahora no importa. Estamos tú y yo aquí solos, nosotros dos.
Ulises lo mira desconcertado.
Ulises: ¿Eres gay? Porque sino, no me hubieras besado así de la nada. ¿Dónde dejas a mi prima?
Federico: Yo solo tengo para decirte que me gustas y mucho, desde que ella te presentó conmigo.
Ulises: (negando con la cabeza) Estás loco.
Federico: ¿Me vas a decir que no notaste cómo me quedaba viéndote? Incluso hasta te empecé a seguir en tus redes, a enviarte mensajes. Te di muchas señales y yo creo que sin miedo a equivocarme, tú tampoco me eres indiferente.
Ulises baja la mirada. Federico le acaricia el rostro con el dorso de los dedos.
Federico: Mírame y dime si no te quieres quedar. Dímelo, en la cara, así sin anestesia, y hacemos de cuenta que nada pasó.
Ulises intenta hablar, pero no lo consigue y esta vez es él quien toma la iniciativa de besar a Federico, de forma más profunda, más decidida. Pronto, las respiraciones de ambos se vuelven entrecortadas. Ulises se aferra a la camisa de Federico, como si no quisiera soltarlo, y ambos se tumban en el sofá.
FIN DEL FLASHBACK
Ulises deja de recordar, se levanta de la cama de un salto y busca algo entre los cajones de su mesita de noche. Encuentra un pequeño frasco y lo destapa, sumamente ansioso. Irene entra en ese instante.
Irene: (furiosa) ¿Me puedes decir qué carajo estás haciendo?
Ulises: Mamá…
Irene, muy molesta, cierra la puerta tras sí e intenta arrebatarle el frasco.
Irene: Dame esa porquería.
Ulises: (desesperado) Espera, espera…
Irene: ¡Que me lo des, maldita sea!
Irene logra quitárselo.
Ulises: Necesito tomarme mis pastillas para la ansiedad.
Irene: ¿Qué ansiedad ni qué ocho cuartos? Estas pastillas son las que te tienen así, hecho un muerto en vida, un imbécil que no piensa.
Irene destapa el frasco y bota las pastillas al piso con rabia.
Irene: Mírate. Llevas casi todo el día en la cama y ni fui a la empresa para estar pendiente de ti. ¿Esto es lo que quieres? ¿Darle razones a tu abuelo para que diga que eres un inútil, bueno para nada?
Ulises: No tengo nada de ganas de discutir. ¿Cómo quieres que me sienta después de lo que hice?
Irene: Yo ya te dije que al anciano ese ya lo atendieron. Rómulo llamó una ambulancia y se aseguró de que se lo llevaran a un hospital. Deja de mortificarte que no mataste a nadie.
Ulises: De igual forma, lo que hice estuvo mal.
Irene: Exacto. Estuvo mal y ahorita podrías estar detenido en una estación de policía por la bestialidad que cometiste manejando borracho y para colmo, atropellando a una persona. ¿En qué estabas pensando?
Ulises: (cabizbajo) Me sentía muy deprimido.
Irene: ¡Por favor, Ulises! ¿Deprimido de qué? Vives bien, no te falta nada y mira que estoy haciendo un esfuerzo para que te den visibilidad en esta familia, pero tú no colaboras. ¿Por qué crees que Marcela siempre te ha llevado la delantera en todo?
Ulises: No me menciones a esa estúpida y no me compares con ella.
Irene: No estoy comparando. Te estoy haciendo ver que necesitas ponerte las pilas o a esa muchachita va a terminar quitándote todo lo que por derecho es tuyo, justo ella que no se lo merece por ser adoptada y venir quién sabe de dónde.
Ulises: ¿Marcela no mencionó nada raro en el desayuno?
Irene: (extrañada) ¿Algo de qué?
Ulises: No sé, sobre mí.
Irene: Nada más preguntó por ti y le dije que no te sentías bien. ¿Por qué?
Ulises: Creo que… Voy a tener que irme de esta casa, mamá.
Irene: ¿Cómo así que irte? ¿Ahora qué bicho te picó?
Ulises: Hay algo que no te he contado (Irene se extraña). Federico y yo… (Hace una pausa) Federico y yo tenemos una relación.
Irene: (sorprendida) ¿Federico, el prometido de Marcela?
Ulises: Sí y anoche ella nos descubrió.
Irene se sorprende de gran manera.
Ulises: (sollozando) Soy gay, mamá.
Irene frunce el ceño y se voltea, con evidente molestia, como no dando crédito a tal revelación.
INT. AEROPUERTO EL DORADO/LLEGADAS INTERNACIONALES – DÍA
Diego y Marcela acaban de chocar por accidente. Diego la mira apenado y ella también se organiza un poco el flequillo, con timidez. Él habla con su marcado acento brasileño.
Diego: Yo… quería pedir disculpa otra vez. Estou un poco perdido. Es mi primera vez aquí y estaba mirando pra onde ir.
Marcela: Tranquilo, no hay lío. Este aeropuerto con tanta gente a veces es un caos.
Marcela le sonríe con simpatía.
Diego: Mesmo assim, desculpe, por favor (Incluso así, disculpa, por favor).
Marcela se queda viéndolo con curiosidad por unos segundos.
Marcela: Eres brasileño, ¿no?
Diego sonríe con timidez.
Diego: ¿Se nota?
Marcela ríe suavemente.
Marcela: Un poquito, por el acento.
Diego: Todavía no practiqué mucho, pero sí, soy brasileiro. Mi mamá sempre me disse que yo falava portuñol. Ella me ensinou.
Marcela: Entiendo y pues para alguien que nunca salió de su país, me parece de admirar que aprendieras español tan fluido. Felicidades porque hablas muy bien.
Diego: Muchas gracias.
Marcela: Y bienvenido a Colombia. Disfruta tu viaje.
Diego: Gracias de novo.
Marcela le sonríe una última vez y sigue su camino. Diego igual, aunque a unos pasos, ella se detiene, se queda pensativa y se gira, como si se le hubiera ocurrido una idea.
Marcela: Oye, espera.
Diego voltea a ver, extrañado. Marcela se le acerca.
Marcela: Yo sé que no nos conocemos, pero te quería preguntar. ¿De casualidad… estás de afán?
Diego frunce el ceño, confundido.
Diego: ¿Afán?
Marcela: Sí, afán. O sea, prisa. ¿Me hago entender? Como cuando uno necesita llegar rápido a un lugar.
Diego abre la boca, indicando que comprendió.
Diego: Ah, tá… Eh, no, não estou com prisa. Mais tarde vou buscar um hotel. ¿Por qué?
Marcela: Ay, qué bueno. Es que estaba pensando que a lo mejor me caíste como del cielo para salvarme la vida hoy.
Diego: (confundido) Como assim?
Marcela: Déjame te explico. Es que estoy esperando a unos inversionistas brasileños y… bueno… yo no hablo absolutamente nada de portugués y me parece descortés hablarles en inglés. Además, estoy un poco nerviosa porque quiero que se sientan bien recibidos y…
Diego la mira dibujando una leve sonrisa sin terminar de entender a dónde quiere llegar la joven que, en efecto, se ve nerviosa. Ella toma aire, buscando cómo decirle.
Marcela: Yo sé que esto te puede sonar muy raro y más porque una desconocida como yo te lo pide así, recién llegando al país, pero ¿tienes buena memoria?
Diego: (extrañado) Creo que sí. ¿Por qué?
Marcela: ¿Crees que me podrías ayudar como intérprete?
Diego se queda pensativo.
Marcela: Te pagaría, claro. Lo importante es que me sirvas como puente de comunicación porque no quiero parecer como una ignorante delante de ellos y estos inversionistas son muy, pero muy importantes.
Diego baja la mirada un momento, considerando la propuesta.
Marcela: ¿Qué dices?
Diego: Bueno, yo no tengo… (Hace una pausa y se queda pensando) Como era a palavra parecida com prisa?
Marcela: ¿Afán? (Enarca una ceja)
Diego: Isso! No tengo afán, pero ¿será que demora? Não quero que sea tarde y como no conozco bem, não quero me perder.
Marcela: No te preocupes. No nos vamos a demorar mucho. Solo es recibirlos, saludarlos y acompañarnos hasta la empresa. Yo tengo carro y si algo, después te puedo llevar a un buen hotel. ¿Te parece?
Diego asiente, sonriéndole con amabilidad.
Diego: Vamos nessa.
Marcela: (confundida) ¿Cómo?
Diego es esta vez quien se ríe un poco.
Diego: Es como decir “hagamos eso” o simplemente “vamos”.
Marcela: (aliviada) ¡Ay, qué bueno! Te lo agradezco en el alma entonces. De verdad que me estás ayudando muchísimo. No te imaginas cuánto y qué pena. Ni siquiera me he presentado y tampoco te he preguntado cómo te llamas. Qué grosera.
Marcela le extiende la mano con delicadeza.
Marcela: Marcela…
Diego no tarda en corresponderle el gesto y la observa fascinado por el porte angelical de ella.
Diego: Diego Santos, prazer.
Marcela: Mucho gusto, Diego. Qué curioso qué se pronuncie tan diferente tu nombre a como lo pronunciamos aquí.
Diego: Vocês são os que pronunciam diferente… (Ustedes son los que pronuncian diferente)
Marcela: (riendo) Bueno, quizás. Nosotros siempre decimos que al portugués solo se le debe añadir el “iño” al final, pero no te ofendas, eh. Lo decimos de broma.
Diego: (riendo) Sem problema. Nosotros também decimos que el español es como el portugués y solo hay que poner “mijo” a todo.
Marcela: Ay, qué estereotipado.
Marcela ríe de forma divertida. De repente, las puertas de llegadas internacionales se abren y un grupo de personas comienzan a salir.
Marcela: Yo creo que ahí deben de venir.
Marcela toma aire y se endereza.
Marcela: ¿Listo?
Diego sonríe.
Diego: Prometo fazer o melhor.
Marcela: Con eso me basta.
Marcela alcanza a ver tres hombres vestidos con elegancia y los reconoce, por lo que se acerca a ellos, dándoles la mano. Diego la sigue y la ayuda a comunicarse como intérprete.
INT. CASA DE LOS FERRER/HABITACIÓN DE ULISES – DÍA
Ulises acaba de confesarle a su madre no solo que es homosexual, sino que tenía una relación clandestina con Federico. Irene se ve impactada.
Irene: ¿Gay? ¿Me estás diciendo que eres gay en serio?
Ulises: (sollozando) Mamá, es lo que siento…
De repente, la mujer le cruza la cara con una fuerte bofetada que llena la escena. Ulises se vuelve el rostro adolorido.
Ulises: ¡Mamá!
Irene no lo deja hablar y lo toma con brusquedad del mentón.
Irene: Escúchame muy bien. A mí no me importa si te gustan los hombres. Me da igual. Total, hace muchos años lo sospechaba y ya me había resignado. Solo necesitaba oírlo de ti. Lo que no te admito es que te comportes como un desvergonzado.
Irene lo suelta de mala gana, fulminándolo con los ojos.
Ulises: Ser gay no me hace ser un desvergonzado.
Irene: Yo no me refiero a eso. No seas idiota. Estoy hablando de Federico. ¿Qué carajo tenías en la cabeza? Es el prometido de tu prima, por Dios.
Federico: Yo lo amo…
Irene vuelve a cachetearlo, furiosa.
Irene: ¡Cállate! Cierra la boca y no te atrevas a repetir eso otra vez porque soy capaz de dejarte rojo a punta de cachetadas a ver si entiendes la gravedad del asunto.
Federico: (exaltado) ¿Y tú qué crees? ¿Que yo no lo sé? Marcela nos descubrió y ahora mismo debe estar pensando en la forma de contarle todo a la familia y a mí abuelo para que me eche de aquí.
Irene: Yo no lo voy a permitir. Primero se va ella. Voy a ver qué se me ocurre porque está visto que solo sirves para meterte en problemas de los que luego me toca a mí salvarte, ¡pero eso sí!
Irene habla tajantemente, apuntándole con el índice.
Irene: Te queda terminantemente prohibido volver a ver a ese tipo. Bloquéalo, no lo busques porque si me entero, ahí me vas a conocer, Ulises.
Ulises: (dolido) No te preocupes. Después de lo que pasó, Federico no me quiere volver a ver. Incluso me pegó.
Irene: Mejor así y espero que te vayas preparando porque quiero que este semestre cambies de carrera.
Ulises: Pero mamá…
Irene: Pero nada. Quiero que te pongas a estudiar algo de administración, de negocios. ¿Qué sé yo? Cualquier cosa que te dé un puesto respetable en la aseguradora, no esa estupidez de diseño gráfico que no te va a servir para nada.
Ulises: No me puedes hacer eso. Es lo que me gusta.
Irene: No seas iluso. De vocación no se vive. ¿Sí tienes idea de cuántas personas estudian lo que según “aman” para después morirse de hambre?
Ulises: No me parece justo. Tengo veinticuatro años y soy lo suficientemente adulto para decidir lo que quiero.
Irene: A mí no me importa si es justo o no. Tampoco te estoy preguntando. Es una orden. Yo no te tuve para ser un perdedor y si no vas a hacer lo que te digo, te largas y vas a la policía a contar lo que hiciste anoche para que te encierren a ver cuánto aguantas sin mí.
Irene no dice más y de forma contundente, sale de la habitación, cerrando la puerta con fuerza. Ulises, a solas, se arrodilla en el piso y comienza a recoger las pastillas con desespero mientras llora.
RÍO DE JANEIRO
INT. PIZZERÍA – DÍA
Francisco le da un vaso de agua a Ginevra, quien ya ha despertado después de haberse desmayado. Ella se encuentra sentada en una silla y bebe.
Francisco: ¿Ya se siente mejor?
Ginevra: ¡Qué mejor ni qué nada! (Deja el vaso en una mesa) ¿Cómo cree que me voy a sentir mejor después de saber que me robaron? Es que no puedo creer que esto me esté pasando a mí. Diego y su hermano no son más que un par de estafadores.
Francisco suspira con impaciencia.
Francisco: Yo ya le pedí que deje de acusarlos de esa forma. Ellos son muchachos de bien, Diego sobre todo.
Ginevra: Pues ni tan de bien. A mí Thiago me prometió, me juró que Diego iba a ser para mí, que se iba a casar conmigo, que me iba a hacer su mujer. Nuestro encuentro ayer tenía que ser pasional, caliente… Necesito ese colágeno para ponerme más joven (Se muerde el labio con deseo).
Francisco: ¿A usted no le da vergüenza admitir que pagó por un hombre como si fuera un gigoló? Diego podría ser su hijo o su nieto, señora.
Ginevra: (levantándose impactada) ¿Hijo? ¿Nieto? ¡Yo apenas paso de los treinta, don Francisco! ¡Que le quede muy claro!
Francisco: (poco convencido) Si usted lo dice…
Ginevra: ¿Qué insinúa? Mire que usted no es ningún adonis y no es más que un espantapájaros jubilado. Por poco y también aparece en la última cena de lo anciano que está.
Francisco: Yo nunca he negado mi edad a diferencia de otras… (Le apunta con los labios)
Ginvera: (entrecerrando los ojos) ¡Voy a demandarlo por calumnia! Así es como me paga mi fidelidad a este cuchitril de pizzería que tiene. Yo, que tantos años le he comprado.
Francisco: Mire, doña Ginevra. Si tan indignada está por el dinero, yo se lo pago. Dígame cuánto es y ya váyase que me espanta la clientela.
Ginevra: ¡No! ¡Esto no es por dinero! Es por dignidad, por principios, por respeto a mi persona. Es más, usted me va a decir ahora mismo a dónde se fue ese culisucio. ¡Desenbuche!
Francisco se cruza de brazos, serio.
Francisco: Pues lo siento mucho, pero no le voy a decir.
Ginevra: ¿Cómo que no?
Francisco: A mí no me corresponde decirle nada.
Ginevra: ¿Ah, no? ¡Muy bien!
Ginevra saca su celular con gesto amenazante.
Ginevra: Yo tengo un millón de seguidores en mis redes sociales. He sido una actriz muy cotizada. ¿Usted sabe lo rápido que puedo arruinar la reputación de esta pizzería?
Francisco solo le sonríe con incredulidad.
Ginevra: Con una historia, con un video, lo arruino. Imagínese el titular. “Pizzería mediocre en Río que protege estafadores”. ¿Le gustaría?
Francisco no le responde y camina tranquilamente hacia una esquina. Ginevra se desconcierta.
Ginevra: ¿Qué hace? ¡No me ignore! ¡Detesto que no me den atención!
El hombre toma una escoba, se la pone en el hombro y vuelve con ella.
Francisco: Pues súbalo. Suba el dichoso video a sus dizque redes. La quiero ver. Yo también puedo subir un video a ver si a sus seguidores también les hace gracia saber que usted es una vieja calenturienta que se dedica a acosar jovencitos.
Ginevra: (furiosa) ¿¡CÓMO DIJO!?
Francisco: Lo que oyó, así que estamos a mano.
Ginevra abre la boca, escandalizada.
Ginevra: ¡Eso es una calumnia! ¡Una difamación! ¡Una barbaridad!
Francisco levanta la escoba.
Francisco: Bueno, entonces váyase.
Ginevra retrocede, asustada.
Ginevra: Usted no se atrevería. Mire que si soplo, lo hago volar con todo y escoba de lo flaco que está.
Francisco: Pues mire como sí me atrevo.
Francisco empieza a barrer directo hacia ella. Ginevra grita asustada al ver cómo el hombre le barre los pies.
Ginevra: (aterrada) ¡Deténgase! ¡Oh santo cielo! ¡Si me barre los pies no me voy a casar nunca!
Francisco: ¡Shu, shu!
Ginevra: ¡¡Auxilio!!
Francisco: Ya váyase.
Ginevra: ¡Oh santo cielo! ¡Esto es abuso! ¡Violencia contra la mujer!
Francisco: Contra una travestona será. ¡Fuera! (Sigue barriendo)
Ginevra: ¡Viejo loco!
Ginevra sale corriendo despavorida. Francisco se ríe a carcajadas y se para en toda la entrada de la pizzería.
Francisco: ¡A la próxima le presto la escoba para que se vaya volando en ella! ¡Bruja!
Ginevra suelta un grito indignado y desaparece calle abajo.
BOGOTÁ, COLOMBIA
EXT. SEGUROS FERRER – DÍA
Marcela ha llegado con los inversionistas a la empresa. Diego los acompaña y levanta la vista al imponente edificio. Frunce el ceño, pues el lugar parece familiar. Todos entran a través de las puertas de vidrio templado y se dirigen al ascensor. Diego se queda atrás mirando a los lados, extrañado. Marcela lo nota.
Marcela: (a los inversionistas) Sigan, por favor. Yo ya los alcanzo.
Marcela se acerca a Diego, quien toma su modesto celular y busca “Seguros Ferrer”. Para su sorpresa, el buscador le arroja varias imágenes que coinciden con el edificio al que acaba de entrar.
Marcela: ¿Diego? ¿Por qué te quedaste atrás? ¿Debes irte ya?
Diego niega con la cabeza, aunque no dice nada por unos segundos, intentando asimilar lo que ve a su alrededor.
Diego: Tengo… Tengo uma pergunta…
Marcela: (extrañada) Sí, dime.
Diego: Esse lugar é Seguros Ferrer, né?
Marcela: Sí. Somos una aseguradora, una de las más grandes del país, de hecho.
Diego: E você trabalha aqui?
Marcela: Sí, yo soy la gerente comercial. Me nombraron apenas ayer y este prácticamente es mi primer día. Por eso estaba tan nerviosa con todo el asunto de los inversionistas. ¿Por qué?
Diego: Caraca… (Carajo)
Marcela: ¿Caraca?
Diego se rasca la cabeza, tratando de ordenar sus pensamientos.
Marcela: ¿Pasa algo?
Diego: Você conhece…? (Hace una pausa) Você conhece o Leoncio Ferrer?
Marcela frunce el ceño, confundida.
Marcela: Claro. Es mi tío (Diego se sorprende) ¿Ya lo conocías?
Diego no responde y guarda silencio un par de segundos.
Diego: O que acontece é que… (Lo que pasa es que…)
Marcela lo escucha con atención y curiosidad.
Diego: Eu vine pra Colômbia buscando una persona; una persona muito relacionada comigo e não esperava encontrar tan rápido.
Marcela: ¿Te refieres a mi tío?
Diego asiente con la cabeza y traga saliva. Marcela lo ve con extrañeza.
Diego: Él… (Hace una pausa) Él es mi papá… (Marcela se impacta) Leoncio Ferrer es mi padre.
Marcela se sorprende de gran manera.
RÍO DE JANEIRO, BRASIL
INT. CASA DE DIEGO Y THIAGO – DÍA
Thiago, recién salido de la ducha, usando pantaloneta y se sienta frente a su laptop. Lleva una toalla alrededor del cuello con la que se seca el cabello. Comienza a teclear y busca “Leoncio Ferrer”. No logra encontrar nada relevante, por lo que refina la búsqueda y escribe “Seguros Ferrer Colombia”. Es ahí lee varios titulares y ve varias imágenes del edificio, como también de la familia en eventos especiales. El joven silba impresionado.
Thiago: (murmurando) Caramba… Diego, se for verdade que esse cara é seu pai, você nunca mais vai precisar se preocupar com dinheiro na vida (Caramba… Diego, si es verdad que ese tipo es tu padre, nunca más vas a necesitar preocuparte con dinero en la vida).
Thiago se recuesta en la silla, pensativo.
Thiago: E eu também não… Essa é exatamente a vida que eu tô precisando… (Y yo tampoco… Esa es la vida que estoy necesitando).
Thiago sonríe con picardía.
Thiago: Talvez eu devesse fazer uma visita ao idiota do meu irmão para ele não ficar tão sozinho lá (Tal vez debería hacerle una visita al idiota de mi hermano para que no se quede tan solo allá).
De repente, suena el timbre. Thiago se extraña y se levanta. Abre la puerta sin camisa, tal y como estaba hace unos segundos, y se encuentra en primer plano con Ginevra Montiel, la cual se queda viéndolo impresionada de arriba a abajo.
Ginevra: Huy, ya veo que lo de estar bueno es de familia.
Thiago: O que a senhora está fazendo aqui? (¿Qué está haciendo usted aquí?)
Ginevra reacciona y entra a la casa, empujando al joven.
Ginevra: ¿Qué clase de pregunta es esa, mi corazón? No te hagas el inocente que tú sabes muy bien a qué vine. Yo ya sé que el estafador de tu hermano se fue del país, así que más te vale devolverme mi dinero.
Thiago cruza los brazos, divertido, y le habla en español.
Thiago: ¿Qué dinero? No es mi culpa si Diego no quiso irse para la cama con usted.
Ginevra: (indignada) ¡Oh santo cielo! Nada más esto faltaba. ¿O sea que la culpa es mía?
Thiago se escoge de hombros.
Thiago: Eu não sei… (Yo no sé) Tal vez usted no sea tan provocativa.
Ginevra se lleva una mano al pecho, ofendida.
Ginevra: ¡No voy a permitir que me insultes! Cualquiera se moriría por tener en sus brazos una diva como yo. Lo que pasa es que tu hermano es un idiota y tú un mentiroso, pero ¿sabes qué? ¡Esto se acabó!
Ginevra saca su celular de su bolso, muy molesta.
Ginevra: Voy a llamar a la policía de inmediato para que te arresten.
Thiago se acerca lentamente, con una sonrisa pícara. Ginevra retrocede un paso.
Ginevra: ¿Qué haces? ¡No te me acerques!
Thiago se inclina un poco hacia ella, acorralándola suavemente contra la pared. Ginevra se pone nerviosa al tenerlo a tal distancia.
Thiago: Creo que já estoy pensando numa forma de resolver esse problema.
Ginevra: ¿A que…? (Traga saliva) ¿A qué te refieres?
Thiago: Eu tenho uma proposta.
Ginevra: ¿Una propuesta?
Thiago: Isso. Uma proposta que pode ser muito conveniente pra gente.
Thiago hace ademán de besarla. Ginevra cierra los ojos y se desabrocha un poco la blusa.
Ginevra: Está bien. Estoy dispuesta a todo con tal de que me paguen. ¡Haz lo tuyo! ¡Yo me dejo!
Ginevra estira los labios esperando un beso. Thiago se ríe de ella y se aparta.
Thiago: Fique tranquila, não se ilusione que no es lo que usted está pensando.
Ginevra abre los ojos de golpe y se acomoda la blusa, avergonzada.
Ginevra: ¡Yo no estaba pensando nada! ¡Tú eres el que se me acercó como galán de telenovela barata, una de las tantas que yo protagonicé! Me estaba metiendo en mi papel.
Thiago: (incrédulo) Si usted lo dice…
Thiago vuelve a sentarse frente a su laptop.
Thiago: Então, la cosa es así, dona Ginevra. Eu preciso de mais dinheiro.
Ginevra suelta una risa seca.
Ginevra: ¡Ni sueñes! No te voy a dar un real más.
Thiago: Calma, calma. Yo no quiero estafar a senhora (Hace una pausa). Yo preciso viajar a dónde se fue Diego. Si usted paga el viaje, puede venir conmigo y yo la llevo hasta él.
Ginevra entrecierra los ojos, intrigada.
Ginevra: ¿Y por qué chulos querría yo hacer eso?
Thiago: Porque usted está apaixonada por mi hermano y así vai conseguir estar cerca dele.
Ginevra se queda pensativa.
Thiago: ¿Qué dice?
Ginevra enarca una ceja y no responde, como considerando la idea.
BOGOTÁ, COLOMBIA
INT. SEGUROS FERRER/PISO PRINCIPAL – DÍA
Diego y Marcela llegan al piso principal, bajándose del ascensor. Laura se encuentra en su escritorio y se le van los ojos al ver al hombre.
Laura: (susurrando) Uy, ¿quién pidió pollo? ¿Quién es ese hombre?
Los dos se acercan al escritorio de la secretaria.
Marcela: Hola, Lau. ¿Todo bien?
Laura: (levantándose) Hola, Marce. Sí, tú sabes. Por acá trabajando como siempre. ¿Tú qué tal?
Marcela: Digamos que bien. ¿Hiciste pasar a los inversionistas con mi papá?
Laura: Sí, claro. Yo los recibí, pero tuve que sacar lo poquito de inglés qué sé para llevarlos a la oficina de don Guillermo porque estaban hablando en brasileño y no les entendí ni papa.
Marcela aclara la garganta, algo apenada.
Marcela: ¡Ejem! Laura, no se dice brasileño. Es portugués.
Laura: Ay, sí es cierto. No me digas que él también es uno de los inversionistas.
Marcela: Eh, no, aunque también es brasileño…
Laura: ¿En serio? Ay, qué chévere. Me llamo Laura, mucho gusto.
Laura le extiende la mano a Diego. Él le corresponde.
Diego: Mucho gusto. Eu me chamo Diego.
Laura: Mi sueño es conocer Brasil. Me encanta tu país. Estuve hasta haciendo lecciones de portugués en Duolingo. Ya terminé mi curso y hablo superfluido.
Diego: Que bom (Qué bueno).
Laura: (confundida) ¿Cómo?
Marcela: Te está diciendo que qué bueno.
Laura: (apenada) ¡Ah, ok! Bueno, es que todavía hay unas palabritas por ahí que a veces me confunden, pero a mí me encanta la música brasileña, con decirte que me sé varias canciones de memoria.
Laura empieza a tararear con entusiasmo algunas canciones clásicas.
Laura: Nossa, nossa. Assim você me mata. Ai se eu te pego. Ai, ai se eu te pego…
Marcela se siente un poco apenada. Diego no puede evitar reírse un poco.
Diego: Veo que te gusta muito essa música.
Laura: Y esa no es la única que me sé, eh. Esta es otra que me encanta.
Laura empuña una mano y se la pone cerca a la boca, como si fuera un micrófono.
Laura: Chorando se foi quem um dia só me fez chorar. Chorando estará ao lembrar de um amor que um dia não soube cuidar.
Diego se sigue riendo.
Laura: Y esta ni se diga. ¡Me fascina!
Laura comienza tamborilear en el escritorio.
Laura: Bate forte o tambor. Eu quero é tic tic tic tac… (Cantando y moviéndose muy animada) Bate forte o tambor. Eu quero é tic tic tic tac…
Marcela: (interrumpiéndola) Eh, Lau… (Laura sigue cantando) Lau, estamos en la oficina. Compórtate.
Laura se endereza, digna.
Laura: Perdón. Es que cuando veo brasileños me entra el espíritu carnavalesco. En todo caso, bienvenido a Colombia.
Diego sonríe con amabilidad.
Diego: Muchas gracias. Você canta muy bien.
Laura: ¿Sí oíste, Marcela? ¡Dice que canto bien!
Marcela: (exasperada) Sí, bueno. Mejor dime, ¿mi tío está en su oficina?
Laura: Sí, desde esta mañana que llegó no ha salido.
Marcela: ¿No sabes si está ocupado?
Laura: Que yo sepa no. ¿Quieres que te anuncie?
Marcela: Sí, porfa. Dile que necesito hablar con él.
Laura toma el teléfono y marca un botón a espera de que le contesten.
Laura: ¿Don Leoncio? (Pausa) Qué pena que lo interrumpa. Es que su sobrina acaba de llegar y parece que necesita hablar con usted. ¿Está ocupado? (Pausa). Listo, ya le digo (Cuelga el teléfono). Dice que no, que pases.
Marcela: Gracias. Diego, ven conmigo.
Marcela se dirige a la oficina de Leoncio. Diego camina tras ella. Laura se queda extrañada con la presencia de él.
INT. SEGUROS FERRER/OFICINA DE LEONCIO – DÍA
Leoncio se encuentra sentado frente a su escritorio, terminando de revisar unos documentos cuando, de repente, tocan la puerta.
Leoncio: Sí, adelante.
Marcela entra primero. Diego la sigue.
Marcela: Hola, tío. ¿Cómo estás?
Leoncio eleva la vista y se extraña con la presencia del joven desconocido. Diego lo mira con una mezcla de seriedad y tristeza.
Leoncio: Hola, Marce. Bien, bien. Estaba aquí terminando de revisar unos contratos. ¿Tú cómo vas? ¿Cómo te fue con los inversionistas?
Marcela: Bien, creo. Estaba muy nerviosa, pero logré traerlos y ahorita deben estar en reunión con mi papá.
Leoncio: Me alegra.
Leoncio sigue confundido.
Marcela: Tío… Él es Diego. Me lo encontré casualmente en el aeropuerto. También es brasileño y me ayudó como intérprete con los inversionistas.
Leoncio: Hum, ya veo.
Marcela: Lo traje porque necesita hablar con usted de algo muy delicado, así que los voy a dejar a solas para que platiquen.
Leoncio: (extrañado) Claro.
Marcela le esboza una sonrisa a Diego y luego sale de la oficina, cerrando la puerta tras sí. Leoncio sigue desconcertado. Diego solo lo mira con cierta tristeza y seriedad.
Leoncio: Tome asiento, por favor.
Diego: Gracias. Prefiero quedar de pie.
Leoncio: Está bien, como desee. ¿Entiende bien el español?
Diego: (asintiendo) Sí, señor. Lo hablo casi fluido.
Leoncio: Muy bien. Cuénteme. ¿Qué era lo que necesitaba hablar conmigo? ¿Cómo le puedo ayudar?
Diego guarda silencio unos segundos, se quita la mochila y comienza a buscar algo. Leoncio lo mira intrigado. Diego saca una foto, da un paso hacia adelante y la coloca sobre el escritorio.
Diego: ¿Conocía a esa mujer?
Leoncio frunce el ceño, extrañado. Toma la foto y en cuanto la ve, desencaja el rostro y su expresión cambia por completo. Larissa aparece allí, más joven, mirando a la cámara con una sonrisa. Leoncio la reconoce de inmediato.
Diego: Yo… (Pausa) Yo soy su hijo, señor. Minha mãe era a Larissa…
Leoncio se pone en blanco. No puede dejar de mirar la foto.
Diego: ¿La recuerda? (Pregunta dolido) Usted la abandonó, la dejó cuando ella estaba embarazada.
Leoncio baja la foto y cruza miradas con el muchacho. Diego lo observa con dureza y un dolor contenido. Leoncio, por su parte, ha enmudecido por completo.
CONTINUARÁ…

















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