Capítulo 5: El peso del pasado

INT. CASA DE LOS FERRER/ESTUDIO – NOCHE

Irene ha enmudecido con la contundente pregunta de su suegro. Ulises continúa escuchando con atención detrás de la puerta.


Pascual: ¿Es que acaso se te comieron la lengua los ratones? ¿Por qué no me respondes nada? ¡Habla, Irene! Quiero que me digas la verdad. 

Irene aprieta los labios y evita mirar al anciano.

Irene: (seca) Sí sabía.

Ulises, al otro lado de la puerta, abre los ojos con sorpresa. Irene, por su parte, levanta el rostro y ahora sostiene la mirada con un orgullo intacto. Pascual frunce el ceño.

Irene: Yo sabía que esa brasileña muerta de hambre estaba embarazada en ese entonces.

Irene tiene un recuerdo antiguo que comienza a contarle al hombre.


FLASHBACK

1997

RÍO DE JANEIRO, BRASIL

INT. CASA DE LARISSA – DÍA

Larissa, con el vientre ya abultado, abre la puerta y se encuentra con Irene, mucho más joven, elegante, impecable, completamente fuera de lugar en ese entorno de una favela.

Irene: Buenos días.

Larissa: (confundida) Bu… Buenos días. 

Irene: Usted debe ser Larissa. ¿Habla español?

Larissa asiente.

Larissa: ¿Cómo puedo ayudarte?

Minutos después, ambas mujeres están sentadas en unas modestas sillas, frente a frente. Irene pone un sobre lleno de dinero en la mesa.

Irene: Quiero que se aleje de mi marido. Son poco más de mil dólares, pero los puede cambiar a reales para que se pase de casa y desaparezca.

Larissa baja la cabeza, sintiéndose mal y acariciando su vientre. 

Larissa: Leoncio y yo…

Irene: Leoncio es mi esposo y usted… (Mira con desprecio a la joven) Usted no es más que una aventura. 

Larissa: Él me dijo que iba a arreglar todo en el país de él y que iba a volver por mí. 

Irene: Los hombres dicen muchas cosas. De lo contrario, ¿por qué no le dijo que está casado conmigo y que estamos esperando un hijo?

Larissa: Yo también estoy esperando un hijo de él. 

Irene: Un hijo bastardo que debería nacer.

Larissa se levanta indignada.

Larissa: Váyase de mi casa.

Irene sonríe con petulancia.

Irene: ¿Casa? ¿Llama casa a este basurero? Mire, el dinero que le estoy dando es una solución para que viva medianamente bien unos meses. Yo que usted, mejor abortaría.

Larissa, furiosa, la toma del brazo con brusquedad y la levanta de la silla.

Larissa: No necesito que me diga qué hacer con mi hijo. Pegue su dinero y se vaya. 

Irene: (soltándose) ¡A mí no me toque, morena asquerosa! Y una cosa le voy a advertir.

Irene mira fulminante a la brasileña, quien tampoco le es indiferente. 

Irene: Manténgase alejada de mi marido y de mi familia. No se atreva a buscarlo. Él va a heredar una empresa muy importante y tiene una vida ya resuelta como para que venga usted a dañarnos los planes. ¿Entendido?

Irene sale de la humilde casa. Larissa toma el sobre y lo lanza hacia afuera para luego cerrar la puerta y romper a llorar.

FIN DEL FLASHBACK


Pascual: Entonces sí estabas al tanto…

Irene no responde. Pascual se gira, evidentemente molesto, y asienta el bastón con fuerza sobre el suelo.

Pascual: Debiste decirme sobre esto. ¿Por qué nunca me contaste nada, maldita sea?

Irene: ¿Para qué? ¿Para qué, don Pascual? ¿Para que usted hiciera qué? ¿Traer a esa mujer a esta casa? ¿Reconocer a ese hijo?

Pascual: Jamás. Yo me habría hecho cargo de la situación como correspondía.

Irene: ¿Y cómo? Yo solo hice lo que usted me pidió al pie de la letra. Fui a Brasil y le di dinero a esa mujer para que se alejara. ¿En qué se supone que fallé? 

Pascual: Me ocultaste algo que yo merecía saber.

Irene: No me diga que usted no habría hecho lo mismo. Usted necesitaba una alianza, una familia con nombre, con dinero, no a una brasileña de favela que no tenía dónde caerse muerta.

Pascual aprieta la mandíbula.

Irene: Gracias a mi familia, esta empresa no se fue a la quiebra. Gracias a mí, Leoncio tuvo lo que tiene hoy. ¿O ya se le olvidó?

Pascual: Exactamente. Me interesabas tú como nuera, no esa muchacha. El menos interesado en que mi hijo se enredara con ella era yo, así que no debiste ocultarme nada porque ahora mira nada más… 

Pascual se acerca a su nuera, mirándola con evidente reproche y molestia.

Pascual: El problema que tanto quisiste ocultar está sentado hoy en la mesa, bien campante, así que ¿de qué te sirvió esconderme información y hacer las cosas como a ti te dio la gana?

Irene: Hay que deshacerse de él si es que es cierto que es hijo de Leoncio.

Pascual suspira, cansado.

Pascual: Ya es tarde para hacerse el ciego.

Irene: Entonces ¿qué piensa hacer? ¿Lo va a aceptar así como así?

Pascual: Si resulta ser mi nieto, lo es. Y punto.

Irene niega de inmediato.

Irene: Yo no voy a aceptar a ese bastardo en mi casa. Ulises sí es su nieto de sangre, no como Marcela que ni siquiera…

Pascual: ¡Cuidado con lo que dices! (Irene se calla) Marcela ha demostrado ser más capaz que Ulises en todo, a pesar de que es adoptada y de que en un principio la rechacé. Ulises para ser de mi sangre no ha sabido enorgullecerme.

Ulises aprieta los puños al escuchar.

Pascual: Así que si tanto te preocupa que ese brasileño opaque a tu hijo, más te vale ponerte las pilas y hacer que Ulises demuestre de qué está hecho porque hasta ahora no ha demostrado nada.

Irene se queda completamente tensa, conteniendo su ira. Pascual se da la vuelta y bebe de su vaso, por lo que ella sin decir más se retira. Ulises se aleja de la puerta rápidamente y se esconde detrás de una columna para que ella no lo vea.

Ulises: (susurrando para sí) Vamos a ver si eso sigue siendo así…

Lentamente, el joven esboza una sonrisa torcida.


INT. CASA DE LOS FERRER/HABITACIÓN DE DIEGO – DÍA

Es un nuevo día. Diego recién sale de la ducha, cubriéndose con una toalla del torso hacia abajo, sin camisa y con una toalla más pequeña rodeándole el cuello, con la cual se seca el cabello húmedo. Frente a él, sostiene su celular, pues está en medio de una videollamada.

Diego: Eita, seu Francisco! Isso aqui é frio demais (Esto aquí es demasiado frío). Yo acabei de pegar um banho caliente e já estou tremblando. 

Francisco: (riéndose) Temblando, mijo. 

Diego: Isso, temblando. Usted no me habló que hacía tanto frío así.


RÍO DE JANEIRO, BRASIL

INT. PIZZERÍA – DÍA

Francisco se encuentra al lado de la videollamada en la cocina de su pizzería.

Francisco: Bueno, es que se me pasó. Hace muchos años que yo no voy por allá. Llevo cuarenta años viviendo aquí en Brasil, imagínese, pero sí va a ser mejor que se acostumbre. Por allá en Bogotá la altura no perdona. Por algo le dicen la nevera.

Diego: (confundido) ¿Nevera?

Francisco: Sí, es que en Colombia así se le dice al refrigerador, a la geladeira en portugués. 


INTERCUT DIEGO/FRANCISCO

Diego: Ah, tá. Voy tener que comprar una jaqueta urgente então. 

Francisco: Pues no sería mala idea.

Diego: ¿Y Thiago? ¿Sabe algo dele?

Francisco: No, todavía no, pero más tarde paso a echarle un ojo. Quédese tranquilo.

Diego: Obrigado, seu Francisco. Cuide mucho de mi hermano, por favor, enquanto puedo volver.

Francisco: Cuente con eso. Todavía no me ha dicho cómo le fue con esa familia. ¿Cómo lo recibieron?

Diego duda un segundo, pero sonríe con cierta resignación

Diego: No muy bien.

Ulises justo va pasando por el pasillo y alcanza a escuchar la voz del joven, por lo que por curiosidad se detiene a escuchar.

Diego: El señor que viene siendo mi abuelo, la esposa do Leoncio Federer y mi otro hermano no tomaram bien la noticia. Pelearon entre ellos.

Francisco: Me imagino. ¿Te trataron mal?

Diego: Me llamaron de estafador y no creyeron nada de lo que hablé.

Francisco: (suspirando) Ay, Diego. De igual forma, no le haga caso a esa gente ni a los malos comentarios. Usted sabe que la gente con plata es así aquí, allá y en todas partes. Lo importante es su papá. ¿Él cómo lo tomó?

Diego: Leoncio fue diferente comigo. Él me trató bien y confío en toda la historia que conté para él desde el inicio. Mi tío también y Marcela, la hija de él, igual se portó bien. 

Francisco: Tu prima entonces.

Diego: (sonriendo) Sí. Es muy amable y muy bonita.

Ulises entreabre la puerta con sigilo, impulsado por la curiosidad y, de inmediato, sus ojos se posan directamente en el cuerpo semidesnudo del brasileño, quien se encuentra de lado.

Francisco: Qué bueno que al menos no todos se portaron mal con usted. ¿Qué más le dijo Leoncio?

Diego: Que no sabía a minha mãe estava embarazada, que tenía que regresar y volvió, pero no encontró ella.

Diego baja un poco la mirada, pensativo.

Diego: Creio que tal vez él está arrependido. Me dio esa impresión, aunque puedo equivocarme. De todas formas, apenas lo conozco. 

Francisco: Mire, Diego. Trate de ser más abierto. Yo sé que para usted son unos desconocidos, pero al final, son su familia y no le haga caso a los que lo traten mal. Usted haga lo suyo.

Diego: Vou tentar, seu Francisco. Obrigado. Hablando de eso, voy a colgar. Preciso me organizar aqui. Vou começar a trabalhar en lo que sea e assim vuelvo mais rápido para Brasil. 

Francisco: Así se habla. Cuídese mucho. Más tarde le escribo.

Diego cuelga la llamada y deja el celular a un lado sin percibir la presencia de Ulises. Este lo observa unos segundos más, con una mezcla de curiosidad y algo más difícil de definir. Casi que sus ojos salen cuando el primero se retira la toalla que lo cubre y se exalta un al verlo desnudo, secándose. De pronto, escucha unas voces por el pasillo y se retira rápidamente antes de ser visto. Marcela aparece caminando junto a Guillermo.

Guillermo: ¿Cómo que no dormiste bien?

Marcela: Es que tenía que quedarme a revisar esa presentación para los inversionistas. 

Guillermo: A mí me parece que te estás exigiendo demasiado, Marcela. 

Marcela: Claro que no, papito. Esta es una oportunidad única para mí de cerrar ese contrato y tú me conoces. Tú sabes que yo soy medio psicorrígida y tenía que quedar perfecta esa presentación. La revisé como diez más. 

Guillermo: ¿Estás segura de que quieres ese cargo? No tiene nada de malo si quieres empezar con algo más tranquilo. Por mí no hay problema.

Marcela: ¿Y darles el gusto a la tía Irene y Ulises? Eso sí que no. No quiero que me vean como una fracasada.

Guillermo: Pero no es por ellos. Es por ti que debes hacer las cosas.

Marcela se detiene un segundo, firme. Guillermo se queda viéndolo un paso adelante.

Marcela: Pues también. Yo quiero ser gerente comercial, es lo que aspiro y no voy a echarme para atrás ahora. 

Guillermo la observa con atención.

Guillermo: De todas maneras, piénsalo. 

Marcela: Te juro que no hay que nada que pensar. Voy a darla todo en mi cargo. 

Guillermo: Bueno, voy a confiar en ti. ¿No bajas a desayunar?

Marcela: Sí, ahorita bajo. Voy a avisarle a Diego.

Guillermo: Veo que te preocupa mucho ese muchacho.

Marcela: Es que me imagino que no debe ser fácil para él haber venido a este país, solito, sin nada y que para colmo le dieran esa bienvenida tan horrible anoche. Quiero que se sienta bien con nosotros.

Guillermo: Estoy de acuerdo. Ve y te espero abajo entonces.

Marcela asiente. Guillermo baja las escaleras y ella se dirige a la habitación. Toca suavemente la puerta entreabierta.

Marcela: ¿Diego?

Diego abre casi de inmediato, aún a medio vestir, nada más usando un jean. Marcela se sorprende y desvía la mirada de forma automática.

Marcela: Eh… perdón.

Diego se sorprende también al verla y sonríe apenado.

Diego: Desculpa, acabei de tomar banho.

Marcela: (evitando mirarlo) Está bien, no te preocupes. Yo solo venía a avisarte que ya vamos a desayunar.

Diego: Gracias, ya bajo aunque solo senão estar las personas de anoche.

Marcela: Te aseguro que no. Ellos te van a querer evitar, así que solo vamos a estar mi papá, mi tío y yo. Quizá mi abuelo, pero no te preocupes por él.

Diego: Está bien. Bajo así que terminar aquí.

Marcela: Eh, te iba a preguntar otra cosa.

Marcela intenta no mostrarse nerviosa.

Diego la mira, atento.

Marcela: Tengo una presentación con unos inversionistas brasileños y bueno. Usé traductor para hacerla en portugués, pero no confío mucho en eso. ¿Tú crees que me puedas servir de intérprete hoy también? Te juro que te pago, tanto lo de ayer como lo de hoy.

Diego: (sonriendo) Queda tranquila. No tienes que pagar. Yo te ayudo sem problema.

Marcela: (aliviada) Ay, muchas gracias. Tú salvándome otra vez.

Diego: Es con placer. Yo solo vou terminar de me arrumar primeiro.

Marcela: (confundida) ¿Ar… qué?

Diego suelta una pequeña risa.

Diego: “Se arrumar”. Es como… (Pensando) Arreglarse, vestirse.

Marcela ríe también.

Marcela: Ah… ya. Bueno. ¿Quién quita que te contrate como profesor para que me enseñes un poquito de portugués? No me caería nada mal, especialmente si cerramos este negocio.

Diego: Luego podemos ver, sí.

Marcela: Listo, nos vemos abajo. 

Marcela le sonríe con un poco de timidez y se retira. Diego se queda viéndola de igual, sonriendo fascinado, aunque luego entra a la habitación y cierra la puerta. Ulises permanece escondido tras una columna y una leve sonrisa se dibuja en su rostro.

Ulises: (en voz baja) Qué interesante. Mi primita sí que no pierde el tiempo y ya le echó el ojo al brasileño. ¡Mustia! Aunque debo reconocer que el “sambero” no está nada mal.

Ulises se queda allí, pensativo, como si se le hubiera ocurrido un plan.


RÍO DE JANEIRO, BRASIL

INT. AEROPUERTO INTERNACIONAL DE GALEÃO – DÍA

El aeropuerto está lleno de gente. Pasajeros corren, otros esperan, el bullicio es constante. Ginevra avanza como si desfilara por una pasarela, con gafas de sol enormes, tacones altos y un outfit exageradamente llamativo. Thiago va justo detrás de ella, arrastrando dos maletas grandes y un bolso, notablemente agotado.

Thiago: (jadeando) Ei, senhora! Yo no soy su burro, ¿sabía? Estoy enfermo y usted podería cargar por lo menos una maleta.

Ginevra se gira y se baja un poco las gafas.

Ginevra: ¿Perdón? ¿Yo? ¿Cargando maletas? ¿Tú me viste cara de sirvienta, mi corazón?

Thiago: (susurrando) Cara de sirvienta no, de caballo.

Ginevra: (sorprendida) ¿Cómo dijiste? ¿Cara de caballo?

Thiago intenta retractarse rápidamente.

Thiago: Claro que no, senhora. Yo dije que “cara” y “cabello”. Que su cabello y cara están muito bonitos.

Ginevra lo mira con sospecha, pero se acomoda el pelo con vanidad.

Ginevra: Pues obvio. Mi cabello usa los mejores productos del mercado para ser así de radiante. Tengo una línea de cosméticos muy vendida en el exterior, claro que nunca faltan las envidiosas que quieran destruirme. Tengo una amiga mexicana que intentó demandarme porque supuestamente mis productos le arruinaron la cara. Gloria se llama.

Thiago: Por algo será.

Ginevra: Tú mejor cállate y no hables de lo que no sabes. El caballero eres tú, así que deja de quejarte. Más bien deberías agradecerme.

Thiago: Agradecer o quê? Usted no me está dando nada de gratis.

Ginevra: Pero ese fue el trato. Yo te pago el pasaje y tú me ayudas a recuperar mi dinero y más te vale que esta vez el culisucio de tu hermano caiga.

Ginevra se acerca en un poco creíble tono amenazante.

Ginevra: Porque te juro que es la última oportunidad que les doy y si no, los voy a meter a los dos a la cárcel por ladrones.

Thiago deja caer una de las maletas al suelo un segundo, cansado.

Thiago: Calma, mulher. Relaxa. Vai dar certo. Recuerde que usted tambien tiene que hacer sua parte.

Ginevra sonríe con picardía.

Ginevra: Yo siempre hago mi parte y mejor que nadie (Levantándose los pechos).

En ese instante, se escucha el anuncio por megafonía.

Voz femenina de los altavoces: Atenção, passageiros com destino a Bogotá, favor dirigir-se ao portão de embarque.

Ginevra abre los ojos con emoción.

Ginevra: ¡Ese es el nuestro!

Sin más, sale disparada.

Ginevra: ¡Apúrate, Thiago! ¡No voy a perder mi vuelo por tu culpa!

Thiago la mira irse y luego mira las maletas, suspirando resignado.

Thiago: (susurrando para sí) Calma. Tudo vale a pena para ter a vida que eu quero. É só esperar (Todo sea para tener la vida que quiero. Solo tengo que esperar).

Thiago vuelve a agarrar las maletas y sigue hacia la puerta de embarque. Ginevra de la emoción, se tropieza y se parte un tacón. 

Ginevra: ¡Oh santo cielo! ¡Thiago, ven ayúdame! Creo que me he roto un tobillo.

Thiago blanquea los ojos, exasperado.

Thiago: Paciência, Thiago. Paciência.

Ginevra: ¡Rápido, mi corazón! ¡Me duele! ¡Apúrate que se me puede infectar!

Thiago niega con la cabeza y se acerca caminando.


BOGOTÁ, COLOMBIA

INT. CASA DE LOS FERRER/COMEDOR – DÍA

Diego, Marcela, Leoncio y Guillermo se encuentran sentados en la mesa desayunando.

Marcela: ¿Quieres comer algo más, Diego? ¿Fruta, pan, jugo?

Diego: (sonriendo con amabilidad) No, así está ótimo. Está muy gostoso, gracias.

Guillermo: ¿Gostoso?

Marcela: Por lo que entiendo es como decir “rico”, ¿no?

Diego: Sí, eso. É que para nosotros “rico” es tipo una persona con mucho dinero. 

Guillermo: (curioso) Ya veo. ¿Y qué suelen desayunar ustedes allá en Brasil?

Diego se limpia ligeramente la boca con la servilleta antes de responder.

Diego: Depende mucho, pero en mi casa era mais simple. Pan con mantequilla, café o a veces “pão de queijo”.

Marcela: (interesada) ¿Pão de queijo?

Diego: (asintiendo) Sí, es como un pan pequeño de queso. Muito gostoso também. 

Leoncio: Confirmo. Cuando estuve allá, era de lo que más me gustaba comer. 

Marcela: Pues nos tienes que enseñar a probar eso algún día.

Diego: Claro, quando queiras te lo puedo preparar.

Pascual entra al comedor con semblante serio y su sola presencia cambia el ambiente.

Pascual: Buenos días.

Guillermo: Buenos días, papá. No esperábamos que fueras a bajar.

Pascual: (seco) ¿Y por qué no?

Leoncio: Porque siempre eres el primero en sentarte en la mesa.

Pascual: Pues ya ven. Hoy me demoré (Se sienta). Me trasnoché un poco pensando cosas.

Justo cuando dice aquello, el anciano clava sus ojos en Diego. Este se intimida un poco, aunque intenta seguir comiendo con naturalidad. Pascual hace una seña a la empleada.

Pascual: Sírvame el desayuno.

La empleada asiente y se apresura.

Pascual: (a Diego) ¿Y bien? ¿Qué le ha parecido Bogotá, joven?

Diego: Es bonita, pero hace más frío de lo que imaginé. Todavía no conheço mucho. Apenas llegué ayer. 

Guillermo: Eso es normal. Vienes de un país tropical. Brasil, por lo que tengo entendido, es mucho más caliente que acá.

Pascual: Supongo que sí. Nunca me ha llamado la atención ir por allá. Nada que Europa no tenga. ¿Y usted dónde vivía en Brasil?

Diego: En una favela, en Río de Janeiro.

Pascual: ¿Una favela? Qué cosas. ¿A qué se dedica allá?

Diego: Soy entregador de pizzas. El dueño es colombiano, inclusive

Pascual: Qué interesante… (Pausa breve) Esta casa debe ser todo un paraíso comparado con ese basurero de donde viene usted.

El comentario cae pesado en la mesa. Marcela baja la mirada, incómoda. Guillermo frunce el ceño. Leoncio se tensa.

Leoncio: (serio) Papá, por favor…

Pascual: ¿Qué? ¿No es la verdad? Todo el mundo sabe que esas favelas son de lo peor. Acá también hay. 

Leoncio: El comentario sobra. 

Diego: (serio, con carácter) Está todo bien. Yo escucho ese tipo de comentarios muchas veces, hasta en Brasil. Allá también hay mucha discriminación social.

Pascual se sorprende al oírlo replicar. 

Diego: Pero sin importar eso, yo tengo orgulho de donde vengo. Minha mãe me ensinou valores que no dependen del lugar de donde vienen las personas.

Pascual: (seco) Disculpe si lo ofendí.

Diego: No se preocupe.

Pascual: Nada más espero que esa prueba de sangre se haga rápido. No estoy dispuesto a tener a un desconocido bajo mi techo, entenderá usted, joven.

Diego: Entiendo, senhor. 

Leoncio: (interviniendo) No te preocupes, papá. La vamos hacer cuanto antes para que te quedes tranquilo.

Pascual: Eso espero.

Marcela interviene, intentando romper la tensión y se pone de pie.

Marcela: Bueno, nosotros ya nos tenemos que ir. Diego y yo tenemos que llegar con tiempo para preparar la reunión.

Pascual: ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver este muchacho en eso?

Marcela: Diego me va a ayudar como intérprete con los inversionistas, abuelo. Él, a diferencia de nosotros, habla los dos idiomas, cosa que me parece muy importante para cerrar el contrato.

Pascual: El portugués no es gran cosa. Con el inglés basta y sobra.

Marcela: Pero no deja de ser una falta de respeto con los inversionistas hablarles en inglés. De seguro para ellos va a ser más valioso que les hablen en su idioma.

Leoncio: Yo estoy de acuerdo. Espero que les vaya muy bien.

Marcela: Gracias, tío. Diego, vámonos.

Diego asiente y se pone de pie.

Diego: Con permiso.

Marcela: Que tengan buen día.

Marcela y Diego salen del comedor. 

Leoncio: (con molestia) Papá, mientras Diego se quede en esta casa, evita tus comentarios fuera de lugar. Es tu nieto. Trátalo como tal.

Pascual: Mientras no haya una prueba que avale que ese brasileño es nieto mío, no tengo por qué callarme. Esta es mi casa y yo hablo lo que me dé la gana.

Leoncio: Como sea, al menos intenta no hacerlo sentir mal. Es mi hijo, haya prueba de sangre o no que lo confirme, y no voy a permitir que lo hagas menos como has hecho con Ulises. 

Leoncio se levanta con rabia, tira la servilleta a un lado y se retira. Pascual se queda tenso. Guillermo observa la escena con preocupación.


INT. APARTAMENTO DE FEDERICO – DÍA

Tocan el timbre. Federico abre. Ulises es quien ha llegado y mira al primero con seriedad. Federico le sonríe.

Federico: Qué bueno que sí viniste. Pasa.

Ulises no responde y entra al apartamento. Federico cierra la puerta tras sí.

Federico: Veo que a pesar de lo que pasó la última vez, no cambias nada. Es lo mismo siempre. Te llamo y vienes corriendo.

Ulises: (molesto) No vine a jugar ni a que te burles de mí. ¿Qué quieres? Porque fuiste muy claro la última vez.

Ulises se acerca, encarándolo con rabia.

Ulises: Me echaste como un perro y hasta me pegaste

Federico lo ve con cierto deseo y dibuja una sonrisa pícara.

Federico: No te imaginas cómo me pone verte así.

Ulises lo mira con desprecio y se aparta.

Ulises: Habla ya. ¿Para qué me pediste que viniera? Dijiste que era importante que habláramos.

Federico: Quería pedirte una disculpa. Yo sé que me pasé.

Ulises: (irónico) ¿Te pasaste? No seas tan patán ni tan cínico. Una cosa como la de antier no te la pienso aguantar. Cruzaste la línea.

Federico: Ya, Ulises. No seas tan dramático.

Federico comienza a acercarse con una actitud provocativa.

Federico: Tú sabes que así es la relación de los dos. Tenemos condiciones y ese día, pues, sí. Me pasé y me arrepiento. Perdóname.

Ulises: ¡Pues no! Yo no pienso seguir con esto.

Federico: ¿Y entonces qué haces aquí?

Ulises aprieta la mandíbula, sin saber qué responder. Federico se acerca aún más, quedando a escasos centímetros de él.

Federico: (en voz baja) Si te quieres ir, vete.

Hace una pausa, mirándolo fijamente a los ojos y acariciéndole el rostro con suavidad.

Federico: Yo no te estoy obligando a nada.

Ulises traga saliva. No se mueve. Federico baja la mirada lentamente, recorriendo su cuerpo con descaro y sin pedir permiso, se atreve a meter su mano por debajo del pantalón del primero.

Ulises: (exaltado) Federico, ya. Para.

Federico no se detiene y se acerca a su oído.

Federico: (susurrando) Dime la verdad. ¿Sí te quieres ir?

Ulises intenta apartarlo, pero sus manos pierden fuerza a mitad del intento y su respiración se vuelve irregular.

Ulises: (en un hilo de voz) ¿Por qué eres así? ¿Por qué me haces esto?

Federico: (con descaro) Yo no te estoy haciendo nada, por lo menos todavía no.

Federico sonríe sabiendo que ya ganó y le muerde el labio. Ulises no logra controlarse más y con un deseo contenido, lo besa efusivamente. Ulises le quita la camiseta y se aferra a él como si no quisiera soltarlo. Federico luego y lo pone encima de la mesa del comedor donde siguen besándose.


INT. BOUTIQUE – DÍA

Un lugar elegante, iluminado, con espejos amplios y ropa perfectamente exhibida. Diego entra detrás de Marcela, mirando todo con asombro contenido.

Diego: (en voz baja) Marcela, ¿por qué vinimos aquí?

Marcela se gira hacia él.

Marcela: Porque quiero darte un regalo de bienvenida.

Diego frunce el ceño, confundido. 

Marcela: Vas a ser mi intérprete y me pareció buena idea que uses un traje o una ropa más smart casual.

Diego: ¿Smart casual?

Marcela: Sí, como que no sea ni tan elegante, pero tampoco tan de casa. ¿Me hago entender? Y además, yo creo que así te verías más guapo de lo que ya eres.

Diego abre un poco los ojos, sorprendido. Marcela reacciona de inmediato, nerviosa.

Marcela: O sea… no es que no lo seas… digo… sí lo eres, pero… me refiero a que… 

Diego se echa a reír.

Marcela: (muy apenada) Ay, no te rías. Es que a veces me enredo toda. 

Diego: Te escucho (Disimula la risa). 

Marcela: Mira, a lo que iba es que en un contexto profesional, es bueno verse más presentable. 

Diego ladea la cabeza, con una sonrisa leve.

Diego: ¿Você acha que eu me visto mal?

Marcela abre los ojos, avergonzada.

Marcela: ¡Claro que no! Para nada. Tú te ves bien, solo que, bueno, es una reunión importante y con un traje te verías más formal. ¿Sí me entiendes?

Diego asiente lentamente, entendiendo.

Diego: Eu agradeço, mas isso aqui vai custar os dois olhos da cara.

Marcela no puede evitar reír.

Marcela: Qué curioso, aquí también tenemos un dicho parecido.

Diego: ¿Cómo dicen ustedes?

Marcela: Costar un ojo de la cara. Está menos dramático y menos gore que en portugués (Ambos ríen). Pero tranquilo, no te preocupes por eso.

Diego: Não precisa gastar comigo, de verdade.

Marcela: Yo quiero hacerlo, Diego. Déjame darte ese regalo. A mí no me va a costar los dos ojos de la cara.

De nuevo ambos ríen. De repente, un asesor se acerca.

Asesor: Buenos días. ¿Cómo los puedo ayudar?

Marcela: Hola, buenos días. Buscamos un traje para él, algo así como elegante, pero moderno. ¿Cree que tengan algo?

El asesor observa al brasileño con ojo crítico. Diego se intimida un poco.

Asesor: Muy bien. Yo creo que ya tengo algo en mente. (A Diego). Usted acompáñeme por aquí, por favor.

Marcela: Ve, yo te espero.

Diego asiente y sigue al asesor. Minutos después, Diego sale del probador con un traje impecable y se acomoda la chaqueta con algo de incomodidad.

Diego: ¿Qué tal?

Marcela se gira y parpadea, evidentemente sorprendida. 

Marcela: Wow, yo creo que te queda muy bien.

Diego: ¿De verdad? Yo siento que isso no es para mim.

Marcela: Para nada, Diego. Te ves bastante elegante. 

Diego: (sonriendo pícaro) ¿Guapo no?

Marcela: (riendo) Bueno, también. Yo creo que sí te lo voy a comprar. Está perfecto para ti.

Diego: Obrigado, de verdade. Es muy bonito de tu parte me dar esse regalo.

Marcela: No hay nada que agradecer y me conviene.

Diego arquea una ceja confundido.

Diego: Como assim?

Marcela: Claro. Es que entre mejor nos veamos los dos, mejor impresión les vamos a dar a los inversionistas.

Diego: (riendo) Ah, entonces yo soy parte de la estrategia.

Marcela: Hum, digamos que sí. Por ti hoy voy a cerrar ese contrato.

Diego: Espero que sí. Te ves muy inteligente y muy capaz. Vas a dejar ellos sorprendidos.

Marcela: Yo espero lo mismo. Con esto voy a demostrarles a todo que sí estoy hecha para el cargo porque muchos no pensaban lo mismo.

Un silencio se forma durante algunos segundos. Diego y Marcela se miran con complicidad, con una química innegable. Ella reacciona.

Marcela: Bueno, voy a pagar para que nos vayamos de una vez a la aseguradora. 

Diego: Gracias de novo.

Marcela solo sonríe y se dirige a la caja. Diego se queda viéndola, sonriente. 


RÍO DE JANEIRO, BRASIL

EXT. CALLES – DÍA

Luana se pasea por las calles de su barrio, luciendo una ropa con bastante escote. Todas las miradas de los hombres en las esquinas, otros en moto y algunos que trabajan se posan sobre la joven, quien sonríe sabiendo que es objeto de deseo. 

Hombre 1: (assoviando) Ô, delícia!

Hombre 2: Assim você mata o papai… (Así matas a papi). 

Luana se gira apenas, lanza una mirada coqueta por encima del hombro y continúa caminando con seguridad.

Luana: Sonhar não custa nada…

Es así como la joven se detiene frente a una pequeña loja, que en español es conocida como tienda de barrio y entra.


INT. TIENDA – DÍA

El vendedor levanta la mirada y se queda completamente embobado.

Vendedor: (sorrindo) Luana, que surpresa boa (Qué buena sorpresa).

Luana se apoya sobre el mostrador con naturalidad, inclinándose un poco.

Luana: Oi. Tudo bem com você? (Hola. ¿Todo bien contigo?)

El hombre se acomoda, nervioso.

Vendedor: Agora tá melhor. O que vai levar? (Ahora está mejor. ¿Qué vas a llevar?)

Luana toma una bebida y unos snacks, los deja sobre el mostrador.

Luana: Só isso… (Solo eso). Mas hoje eu não trouxe dinheiro suficiente. Será que você pode deixar pra eu pagar depois? (Pero hoy no traje dinero suficiente. ¿Será que lo puedes dejar para yo pagar después?)

Luana hace un puchero con los labios y el vendedor ni lo duda.

Vendedor: Claro que pode! Depois você acerta comigo (Claro que puedes. Después arreglas conmigo).

Luana: Eu sabia que podia contar com você… (Yo sabía que podía contar contigo).

Le guiña un ojo. El hombre queda completamente encantado. Luana toma la bolsa y sale. Luego, destapa la bebida y bebe un poco.

Luana: Poxa, que calor! (Carajo. ¡Qué calor!)

Ella saca su celular y empieza a revisar sus redes sociales. De pronto, se detiene y en la pantalla ve fotos de Thiago en el aeropuerto, luego dentro de un avión. Luana frunce el ceño.

Luana: (murmurando) O Thiago está viajando…

Hace zoom en una foto.

Luana: Mas pra onde? Será que… (Hace una pausa, pensativa) Será que o Diego tá com ele? Eles não têm grana pra isso (Ellos no tienen dinero para eso). 

Luana aprieta el celular entre los dedos, pensativa.


BOGOTÁ, COLOMBIA

EXT. BOUTIQUE – DÍA

Diego y Marcela salen de la boutique. Diego lleva el traje puesto.

Diego: (mirándose) Eu ainda no acredito (Todavía no me lo creo). De verdad, muchas gracias.

Marcela: De nada, Diego. Te queda muy bien y valió la pena. Estoy segura de que vamos a romper en esa presentación. 

Diego: (riendo algo apenado) Me sinto como empresario de novela.

Marcela: (riendo) Pues acostúmbrate porque hoy lo vas a ser y ya vámonos que estamos sobre el tiempo para llegar. 

Marcela saca las llaves de su auto en su bolso y cuando busca el vehículo, no lo ve por ninguna parte.

Diego: O que foi? 

Marcela: (confundida) Mi carro. ¿Dónde está? Yo lo dejé parqueado aquí, ¿no?

Marcela mira hacia todas las direcciones. Diego mira al frente y ve que una grúa se está llevando un auto.

Diego: ¿Ese no es?

Marcela, en efecto, reconoce su auto y se sorprende de gran manera.

Marcela: Ay, no puede ser.

Marcela cruza la calle. Diego va tras ella. Hay un policía de tránsito allí.

Marcela: (al policía) ¡Oiga, oiga! ¿Qué se supone que está haciendo?

Policía: Señorita, este vehículo está mal parqueado. Estuve esperando a que apareciera el dueño o la dueña, y como nadie vino, lo vamos a inmovilizar.

Marcela: ¿Cómo que inmovilizar, señor agente? ¿Qué le pasa? Mi carro no estaba mal parqueado. Yo no infringí ninguna norma.

Policía: Esta es una zona con restricción horaria y solo se puede parquear después de cierta hora.

Marcela: Pero es que tengo una reunión importantísima. No me puede hacer esto. Mire, se lo pido. Yo hago lo que sea. Después voy a la oficina del tránsito y arreglo con ellos, pero no se me lleve el carro. ¡Por favor!

Marcela le suplica juntando ambos manos. Diego observa con impotencia la situación.

Policía: (cortante) Pues lo siento mucho, pero ya el procedimiento está en curso.

Marcela: Por lo que más quiera, hágame ese favor, ¿sí? Se lo suplico.

Policía: Puede acercarse a la oficina luego para pagar la multa. Tenga buen día.

El policía se sube a la patrulla. 

Marcela: (desesperada) ¡Ay, no! ¡No, no, no, no!

Marcela se lleva las manos a la cabeza mientras la grúa se lleva el vehículo.

Marcela: Dios mío. ¿Y ahora qué voy a hacer? Estamos a más de una hora de la aseguradora. ¡Una hora! No vamos a llegar.

Diego: Calma, calma. Podemos pegar un taxi ou um ônibus…

Marcela respira hondo, intentando controlarse.

Marcela: Sí, sí, tienes razón. Un taxi. Me preocupa es el trancón. Tú no conoces el transporte en esta ciudad, Diego. Es una cosa loca.

Diego: Vamos a llegar. Cálmate.

Diego le ayuda a parar un taxi y aunque varios pasan de largo, al final uno se detiene.

Marcela: (aliviada) Ay, menos mal.

Diego y Marcela se acercan al taxi. El conductor baja la ventanilla. Marcela se sorprende al ver a Inés, quien usa unas gafas de sol extravagantes y una gorra.

Marcela: ¿Doña Inés?

Inés se quita las gafas para ver mejor.

Inés: ¿Marcelita? Ay, pero si usted, mija. Mire qué casualidad encontrármela por aquí.

Marcela: Lo mismo digo. ¿Desde cuándo está trabajando como taxista?

Inés: Desde hoy. Es mi primer día. Me prestaron este taxicito para que lo trabaje.

Diego: Vocês se conhecem?

Marcela: Inés es la abuela de Laura, la secretaria de la empresa. ¿Te acuerdas?

Diego: Ah, sim…

Inés: (mirando a Diego de arriba abajo) ¡Ave María! ¿Y este papacito de exportación? Usted debe ser el brasileño que me contó Laurita.

Diego: (riendo apenado) Prazer, senhora.

Marcela: Luego dejamos las presentaciones. Doña Inés, estoy metida en tremendo lío. Me estacioné donde no debía y el tránsito se llevó mi carro. Lo peor es que tengo una reunión en una hora en la aseguradora. 

Inés sonríe con picardía.

Inés: ¡No se diga más! Súbase que llegó al Uber premium, versión extrema. Yo los llevo.

Marcela: (dudando) ¿Segura? Mire que voy sobre el tiempo, pero tampoco quiero que nos matemos.

Inés: Despreocúpese, mija. ¿Usted quiere llegar o quiere perder el trabajo?

Marcela: ¿Vivir?

Inés: Ay, no sea exagerada. Está bien que es mi primer día, pero tampoco soy la más bruta al volante. Yo sé mis cositas. Súbanse, tranquilos.

Marcela: Diego, subámonos. No hay de otra. Tenemos que llegar a esa reunión sí o sí.  

Diego asiente. Marcela se sube a los asientos de atrás. Diego se monta en el puesto de copiloto y se pone el cinturón. 

Inés: ¡Agárrense fuerte que aquí vamos es con toda, muchachos!

Inés acelera a todo dar. Diego se sostiene de la silla. Marcela también.

Diego: (espantado) Meu Deus!

Marcela: ¡Con cuidado, doña Inés!

Inés: Relájense que vamos a llegar en menos de lo que canta en un gallo.

Inés conduce a gran velocidad por la avenida y el taxi pronto se pierde entre el tráfico. 


INT. MOTEL – DÍA

Irene se encuentra de pie frente a un espejo de cuerpo entero, ajustándose los aretes con precisión. Detrás de ella, en la cama desordenada, Rómulo permanece recostado, desnudo y apenas cubriéndose con una sábana.

Rómulo: Hoy no estaba tan concentrada, señora, ni tan fogosa como de costumbre. Estaba como ida.

Irene no responde de inmediato y se limita a retocar su labial con calma.

Irene: (seca) No he estado de humor y menos con ese brasileño aparecido de la nada.

Rómulo: Por ahì algo escuché. Todos los empleados ya andaban chismeando. ¿Es verdad que es hijo de Leoncio?

Irene: Es lo que el brasileño afirma. Leoncio inclusive le cree.

Rómulo: Pues yo no le daría tanta importancia si fuera usted. De seguro es otro vivo, un estafador buscando plata fácil. No le eche tanta cabeza. 

Irene deja el lápiz labial a un lado y se queda pensativa.

Irene: Yo no creo. Mi intuición me dice que no. El tipo ese no tiene pinta de ser un estafador. Para mí que sí está diciendo la verdad y eso es lo que más me preocupa.

Rómulo: ¿Entonces? ¿Qué piensa hacer?

Irene se gira para encararlo y mantiene su mirada calculadora.

Irene: Deshacerme de él, obvio. Yo no voy a permitir que un intruso llegue a mi casa a arrebatarme lo que me ha costado tantos años construir y que le quite su lugar a mi hijo.

Rómulo: Ulises también es mi hijo. No se le olvide.

Irene: ¿Y? Los dos lo sabemos. No me lo tienes que recordar. Más bien tú ten muy en cuenta que a ojos de todo el mundo, Ulises es hijo de Leoncio Ferrer y gracias a eso es que ha podido tener lo que nunca hubiera podido tener contigo.

Rómulo se pone serio al escucharla.

Rómulo: Yo sé… Yo sé que usted nunca se hubiera casado conmigo. 

Irene: No empieces, Rómulo. Tú aceptaste las cosas así y no estoy como para aguantarte reproches por cosas del pasado. Ulises nunca va a dejar de ser tu hijo, pero nadie, absolutamente nadie se puede enterar y así lo acordamos.

Rómulo no dice nada evidentemente insatisfecho. Irene vuelve a mirarse en el espejo mientras se acomoda en el cabello.

Irene: Por ahora hay que ir pensando cómo me voy a deshacer del brasileño.

Rómulo: Yo estoy pensando en algo. 

Irene enarca una ceja con interés.

Rómulo: Es violento, pero con tal de que el tipo ese no nos joda, vale la pena.

Irene se queda expectante ante tal propuesta. 

CONTINUARÁ…

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