Capítulo 8: Oferta laboral
Pascual acaba de sufrir un fuerte mareo que lo ha hecho caer accidentalmente a la profunda alberca de la casa. Diego baja las escaleras interiores cargando su pequeño bolso y, al escuchar el ruido, gira rápidamente hacia la alberca y abre los ojos como platos al ver cómo el anciano se ahoga, por lo que sale corriendo hacia allí. Pascual termina por hundirse. Diego no lo duda y se quita el bolso para luego tirarse a la piscina. Logra sujetar al anciano, lo arrastra con esfuerzo hasta la orilla y lo saca con algo de dificultad.
Diego: Senhor… Senhor… (Le da pequeñas palmadas en el rostro) Me fale, reaccione.
El hombre está inconsciente. Diego se desespera y comienza a gritar.
Diego: Ajuda, por favor! Alguém me ajuda! Tô precisando de ajuda!
Diego mira alrededor desesperado al no obtener respuesta. Pascual permanece inmóvil, empapado, con el rostro pálido. Diego traga saliva y sin más opción, coloca al anciano boca arriba y comienza a practicarle primeros auxilios torpemente, aunque con determinación.
Diego: Reaccione, senhor, por favor.
Diego aprieta el pecho de Pascual varias veces.
Diego: (gritando) Ajuda! Ajuda! É uma emergência!
Diego continúa apretando el pecho de su abuelo.
Diego: Vamos, vamos…
De repente, se escuchan pasos apresurados dentro de la casa y todos bajan las escaleras.
Irene: (off screen) ¿Qué gritos son esos?
Leoncio, Marcela, Guillermo, Irene y dos empleadas salen alarmados hacia la alberca. Todos se quedan impactados al ver la escena.
Marcela: (aterrada) ¡Dios mío, abuelo!
Leoncio: ¡Papá!
Leoncio y Guillermo corren rápidamente y se arrodillan al lado de Pascual.
Irene: ¡¿Pero qué le está haciendo a mi suegro?!
Diego: Ele caiu na piscina! Eu estou tentando ajudar!
Leoncio le da leves palmadas en la cara.
Leoncio: Papá… Papá, despierta.
Marcela: (a las empleadas) ¡Llamen una ambulancia ya, por favor!
Una de ellas corre hacia al interior de la casa, nerviosa.
Guillermo: (moviéndolo) Papá, despiértate. Reacciona.
Irene: Este tipo no sabe lo que está haciendo. Va a matar a mi suegro.
Leoncio: ¡Ya cállate, Irene! ¡No estás ayudando en nada!
Irene se ve obligada a guarda silencio. Diego hace las últimas presiones y el anciano tose violentamente, expulsando agua por la boca. Tose repetidas veces.
Leoncio: Papá, mírame. ¿Me escuchas? ¿Estás bien?
Marcela suelta el aire con alivio. Diego se echa para atrás y resopla aliviado. Pascual apenas logra abrir los ojos, todavía confundido y mareado.
Pascual: (en un hilo) Casi no veo. Todo… Todo me está dando vueltas.
Guillermo: La ambulancia ya viene en camino, papá. Respira.
Guillermo le da leves palmadas en la espalda a su padre, el cual continúa tosiendo y se ve de mal semblante. Diego respira agitado luego de la adrenalina del momento.
EXT. CASA DE LOS FERRER – NOCHE
Minutos después, Pascual es subido a una ambulancia, acostado sobre una camilla, por parte de dos paramédicos. Casi la familia se encuentra reunida y preocupada. Diego tirita de frío.
Guillermo: Yo voy con él.
Leoncio: Bueno. Yo los alcanzo más tarde.
Guillermo sube a la parte trasera de la ambulancia. Las puertas se cierran. La ambulancia arranca y se aleja. Diego sigue tiritando, empapado. Marcela llega en ese instante y le trae una manta para que se arrope un poco.
Marcela: Toma, Diego. Te estás congelando.
Diego: (sonriéndole) Obrigado.
Diego se pone la manta alrededor del torso.
Marcela: Con gusto. Esto no es nada comparado con lo que acabaste de hacer. Gracias de verdad.
Diego: Não foi nada.
Marcela: ¿Cómo que no? Mi abuelo ni siquiera sabe nadar y tú te tiraste a la piscina a salvarlo. Hasta los primeros auxilios le diste.
Leoncio también se acerca a los muchachos y escucha la última parte.
Leoncio: Sí, Diego (Le pone la mano en el hombro). Le acabaste de salvar la vida a mi papá y eso no fue cualquier cosa. Muchas gracias.
Diego: Yo solo hice lo correcto, senhor. Además, no olvido que a pesar de apenas conocer ustedes, don Pascual es mi abuelo.
Marcela: De igual, estamos muy agradecidos contigo. Te portaste como un héroe.
Diego esboza su sonrisa con algo de desánimo al oírla.
Diego: Ojalá pudesse ser um héroe de verdade para haber salvado a minha mãe e agora a a mi hermano.
Leoncio: Hay cosas que no podemos controlar, Diego. No te mortifiques y en cuanto a lo de tu hermano, ya lo hablamos hace rato. Mañana te presto el dinero para la operación.
Marcela: Sí, mi tío tiene razón. Tu hermano va a salir bien de la cirugía. Ten fe.
Diego: Gracias a los dos. Bueno, irei buscar mi bolso que dejé en la piscina para irme. Espero que o seu Pascual mejore.
Marcela: ¿Cómo? ¿Irte así? Diego, estás muy mojado y ya es tarde.
Diego: Vou estar bien. Vou pegar um táxi.
Marcela: Pero no importa.
Irene y Ulises observan la plática con suspicacia a una distancia prudente.
Marcela: Es mejor que te quedes, te quites eso y te tomes una ducha de agua caliente. Te puedes resfriar o agarrar una gripa.
Leoncio asiente de inmediato.
Leoncio: Marcela tiene razón. No seas terco. Mira cómo estás temblando. Te puede hasta dar una hipotermia.
Diego intenta restarle importancia.
Diego: Eu estou bem. De verdade.
De repente, un escalofrío lo contradice de inmediato. Marcela se ríe.
Marcela: Sí, claro. Se nota muchísimo.
Diego baja la mirada, algo avergonzado y también se ríe.
Leoncio: Además, no tienes nada que demostrarle a nadie. Quédate esta noche y pues mañana te vas con calma.
Diego: Não quero incomodar mais.
Leoncio: Después de lo que acabas de hacer, tú eres el último que está incomodando aquí. Eso tenlo por seguro.
Diego observa a ambos durante algunos segundos y finalmente cede.
Diego: Está bem. Só por esta noite.
Leoncio: Bien pensado. Ve a cambiarte antes de que te enfermes. Yo los dejo porque me voy para el hospital para estar pendiente de mi papá y hacerle compañía allá a Guillermo.
Marcela: De una, tío. Cualquier cosa me llama. Quiero saber cómo sigue el abuelito.
Ulises alcanza a escuchar e interviene.
Ulises: Yo también quiero saber, pa. Me escribes o me llamas. Voy a estar muy pendiente.
Leoncio: Claro que sí y descansen un poco. Les aviso cuando haya noticias.
Ulises: Cuídate.
Marcela: Vamos, Diego. Te voy a preparar algo caliente.
Diego: Vou pegar mi bolso primeiro.
Marcela: Yo te acompaño.
Los dos comienzan a caminar hacia la casa. Irene y Ulises los observan alejarse.
Ulises: Al parecer mi primita le está dando mucha importancia al sambero.
Irene permanece con los brazos cruzados.
Irene: Tienes razón y pensé que era la única que lo había notado.
Ulises: Desde que llegó no hacen sino andar juntos.
Irene: Para arriba y para abajo. De verdad que es una descarada. Terminó con Federico y ya anda de ojialegre con otro. Cómo se nota que no le dolió nada. Me pregunto cuándo es que le piensa contar a la familia que rompió el compromiso.
Ulises: Yo no confío en ella. Me da miedo de que termine diciéndoles a todos que fue por mi culpa. Mi abuelo me puede echar de la casa, mamá.
Irene: Dudo que lo haga, pero si lo está pensando confía en mí. Yo me voy a encargar de que a ella le echen primero y creo que ya se me está ocurriendo cómo.
Ulises la mira con curiosidad.
Ulises: ¿Qué estás pensando?
Irene: El sambero, como tú le dices, nos puede ayudar a dejar a esa muchachita como un zapato no solo con la familia, sino con la ciudad o con el país.
Ulises: ¿Cómo se supone que el sambero ayudaría?
Irene: Piénsalo, hijo. A don Pascual le daría un infarto si descubre que su dizque nieta, que no es más que una adoptada, termina involucrada con un muerto de hambre como ese brasileño.
Ulises: (pensativo) Tienes razón, así como hace años, ¿no?
La sonrisa desaparece del rostro de Irene.
Irene: ¿Cómo así? ¿De qué estás hablando?
Ulises: Yo te escuché, ma. Te escuché hablando anoche con mi abuelo sobre la mamá del brasileño. Tú y mi abuelo se pusieron de acuerdo para envenenar a esa señora en contra de mi papá y así lograr que él le perdiera el rastro.
Irene se incomoda y cuida que nadie esté cerca escuchándolos.
Irene: ¡Baja la voz! ¡Nadie se puede enterar de eso!
Ulises: Tranquila. Estamos solos.
Irene: ¡Da igual! Yo no me fío ni de los empleados que paran oreja por ahí y donde Leoncio se entere, ahí sí termina pidiéndome el divorcio. Cuidadito con volver a mencionar ese asunto. ¿Está claro?
Ulises: Tranquila. Eres mi mamá, mi única amiga y te amo. Yo jamás haría nada para perjudicarte.
Irene baja la guardia y sonríe, acaricia el rostro del joven.
Irene: Yo también te amo, hijo y quiero que te quede claro que si alejé a tu papá de esa mujer fue por tu bien.
Ulises la escucha, sonriendo con admiración.
Irene: Imagínate si él se la hubiera traído para acá con ese otro muchacho. Tú hubieras sido el renegado, el de menos.
Ulises: De todas maneras, ¿de qué sirvió? Tenemos al tal Diego ahora viviendo bajo el mismo techo.
Irene: Y por eso mismo es que ahora más que nunca tienes que demostrar de lo que estás hecho. Por lo menos ya empezaste con algo y demostraste interés en la aseguradora. Sigue así y ese tipo no te va a robar lo tuyo.
Irene lo abraza. Ulises le corresponde.
INT. CASA DE LAURA E INÉS/COMEDOR – NOCHE
La mesa está servida con generosas bandejas paisas.
Inés come con gusto. Laura también. Thiago observa la comida con curiosidad mientras Ginevra la contempla como si se tratara de una amenaza biológica.
Inés: Espero que les guste. Me demoré más de la cuenta, pero es que como me tocó cocinar para más personas…
Thiago: ¿Ustedes no tienen mais hóspedes aqui? No veo a mais nadie.
Inés: No, mijo. Ustedes son los primeros.
Laura: Mi abuelita llevaba meses esperando que llegara alguien.
Inés: Y mire, me llegaron tres de una sola vez. Espero que con esa platica que ustedes me van a pagar ahora sí termine de completar para el restaurante.
Thiago: ¿Restaurante?
Laura: Sí, es que nuestro sueño siempre ha sido abrir un restaurante.
Inés: Y no cualquier restaurante, Laurita. ¡Es él restaurante! Cuando lo abra, voy a hacer la inauguración del año con bombos y platillos. Espérense y verán.
Ginevra toma el chicharrón con dos dedos y lo observa con evidente desconfianza.
Ginevra: ¿Y esto qué es, mis niños?
Laura: Chicharrón.
Ginevra: (con asco) ¡Oh santo cielo! Parece la suela de un zapato.
Inés: ¡Ay, mi reina! No diga eso y pruebe primero. Está carnudito y riquísimo. Vea.
Inés muerde su chicharrón y lo degusta, masticando despacio y disfrutando.
Inés: Hum, quedó una delicia.
Ginevra deja el pedazo en el plato.
Ginevra: Gracias, pero yo estoy acostumbrada a otro tipo de gastronomía, no sé, más refinada, más gourmet.
Laura: ¿Como cuál?
Ginevra: Caviar, por ejemplo, sushi, filetes con corte francés…
Laura: Pues si quiere salimos a buscar un restaurante donde vendan eso, solo que le puede costar un ojo de la cara, doña Ginevra.
Ginevra pierde el entusiasmo.
Thiago: Dona Ginevra, só coma.
Thiago toma un poco de arroz con los fríjoles.
Thiago: Não está ruim (No está mal).
Prueba otro bocado y su expresión cambia ligeramente.
Thiago: Me recuerdo um pouco la comida de mi mamá.
Por un instante se pone nostálgico mientras mastica.
Inés: Qué alegría que le gustó, mijo.
Thiago: Además, dona Ginevra, a senhora também no comía tan gourmet allá en Brasil. Usted era la cliente número uno das pizzas do Diego.
Ginevra le pisa el pie con fuerza debajo de la mesa por la imprudencia.
Thiago: ¡Au!
Inés: (extrañada) ¿Qué pasó?
Thiago: (adolorido) Nada.
Ginevra sonríe falsamente.
Ginevra: Un calambre seguro. ¿No es así, niño Thiaguito?
Thiago la fulmina con la mirada, aunque asiente para no hacerla quedar mal.
Ginevra: Y no se lo tomen a mal. Seguro la bandeja está deliciosa, pero debo cuidar mi figura. A cierta edad una debe ser responsable con su cuerpo.
Laura contiene una sonrisa. Thiago carraspea.
Ginevra: Así que solo tomaré jugo.
Ginevra toma un poco de jugo. Inés le da una fuerte palmada amistosa en la espalda. Ginevra escupe parte del jugo sobre la mesa.
Inés: No se preocupe por eso, querida. Yo tengo la solución.
Ginevra se limpia con una servilleta.
Ginevra: ¿La solución a qué?
Inés: A la figura. Yo vendo unas fajas espectaculares.
Laura se lleva una mano a la frente.
Laura: Ay, no. Lita, por favor, no empiece.
Inés: Son unas fajas que moldean la cintura en cuestión de horas.
Ginevra parpadea sorprendida.
Inés: Levantan todo lo que haya que levantar y afinan donde haya que afinar.
Ginevra: (con evidente interés) ¿De verdad?
Laura: No le haga caso, doña Ginevra. Mi abuela vende un montón de productos raros.
Inés: ¡Usted cállese, mija! Déjeme a mí que yo sé lo que digo.
Ginevra: ¿Y funcionan?
Inés: Mire esta cintura.
Inés pone de pie y mete el abdomen. Laura rueda los ojos.
Inés: Esa cintura de avispa es de puro esfuerzo y de la faja.
Ginevra parece pensárselo.
Inés: Mañana se la muestro.
Ginevra: Bueno. Probar y ver no me compromete a nada, aunque me interesa.
Thiago se ríe.
Thiago: Estoy viendo que ustedes dos van se dar muy bien.
Laura: ¿Darse bien?
Thiago: Sí, tener buen relacionamento.
Laura: ¡Ah, entendí! Acá decimos llevarse bien.
Thiago: Eso. No recordaba cómo decirlo.
Thiago continúa comiendo, pero de repente se lleva discretamente una mano al pecho. Una pequeña molestia lo atraviesa y su sonrisa desaparece unos segundos. Laura lo nota.
Laura: ¿Estás bien?
Thiago retira rápidamente la mano.
Thiago: Sim.
Thiago fuerza una sonrisa y continúa comiendo. Laura no parece del todo convencida, aunque también come.
INT. CASA DE LOS FERRER/SALA – NOCHE
Diego permanece de pie junto a uno de los sofás, todavía envuelto en la manta y aunque ya no tirita tanto, sigue húmedo y visiblemente cansado. Marcela aparece desde la cocina con una taza humeante entre las manos.
Marcela: Toma.
Diego la mira extrañado.
Diego: O que é isso?
Marcela: Un chocolatico caliente que quise prepararte para que entres en calor.
Diego recibe la taza con cuidado.
Diego: Obrigado.
Marcela: De nada, Diego.
Diego: Me da pena que você esteja se tomando tantas molestias comigo.
Marcela: No lo veas así. Además, tú mismo lo dijiste hace un rato.
Diego: O quê?
Marcela: Que somos familia.
Diego baja un poco la mirada.
Marcela: Aunque yo sea adoptada, seguimos siendo primos.
Diego sonríe levemente, como si aquella frase le provocara una cierta desilusión.
Diego: É verdade.
Por unos segundos ninguno de los dos dice nada. El silencio no resulta incómodo, pero sí extraño. Marcela termina rompiéndolo.
Marcela: Bueno, antes de que el chocolate se enfríe, tómatelo todo.
Diego: Certo.
Marcela: Después te quitas esa ropa mojada y te das una ducha bien caliente, ¿ok?
Diego: Sim, senhora.
Marcela abre los ojos de par en par, sorprendida, de forma divertida.
Marcela: ¿Cómo así que señora?
Marcela le pega un leve puño en el brazo de forma juguetona.
Diego: (riendo) Es que eres mandona às vezes.
Marcela: ¿Mandona yo? No te creo.
Diego: Um pouquinho, pero de buena manera.
Marcela: Ay, te pasas. Me haces sentir como que ya fuera una pensionada solterona y apenas tengo veinticuatro. Me falta muchísimo para llegar allá.
Diego: Desculpa. Era… (Se queda pensando) ¡Eita! ¿Cómo es que se dizia “brincadeira”?
Marcela: (confundida) ¿”Brincadeira”? Me suena como a brincar. ¿Te refieres a broma?
Diego: ¡Broma, eso! Era una broma, un chiste.
Marcela: (riendo) Ah, ya. Bueno, palabra nueva anotada a mi lista de vocabulario.
Diego: ¿Estás haciendo una lista?
Marcela: Digamos que todavía no, pero te prometo que la voy a empezar (Los dos ríen de nuevo). Voy a estar en mi cuarto pendiente del celular por si llaman del hospital.
Diego asiente con seriedad.
Diego: Si acontecer alguna coisa com seu abuelo, por favor, me avisa.
Marcela: Lo haré.
Diego le dedica una sonrisa sincera.
Diego: Buenas noches, Marcela.
Marcela: Buenas noches, Diego.
Marcela comienza a subir las escaleras y antes de desaparecer, gira apenas la cabeza.
Marcela: Y ni se te ocurra quedarte dormido con esa ropa puesta.
Diego: Sim, senhora.
Marcela: (riendo) Te juro que te voy a tirar un tacón a la próxima y eso sí no es brincadeira.
Diego sigue riendo. Marcela sube al segundo piso. El primero resopla y esboza su sonrisa mientras sostiene la taza de chocolate humeante.
Diego: (para sí) Quem diria… Vim até a Colômbia atrás de um pai e acabei encontrando uma prima com cara de anjo (¿Quién diría? Vine hasta Colombia detrás de un padre y terminé encontrando una prima con cara de ángel).
Niega suavemente con la cabeza.
Diego: Você está ficando maluco, Diego (Te estás volviendo loco, Diego).
Diego sonríe sin borrar la imagen de su prima de la cabeza y da un sorbo al chocolate. Marcela, por su parte, se encierra en su habitación y también pasa por su cabeza varios de los momentos que ha vivido con Diego. Missy la espera en la cama y la muchacha se sienta, acariciéndole el lomo.
Marcela: Qué hombre tan lindo, Missy. Diego es guapísimo. Y esa sonrisa y los ojos le brillan de una manera...
De inmediato reacciona y se da palmadas suave en la cara.
Marcela: No, no, no. ¿Qué te pasa, Marcela Ferrer? Primero, acabas de salir de una relación horrible. Segundo, Diego llegó hace unos días…
Missy le maúlla. Marcela asiente.
Marcela: Sí, tienes razón. Y tercero, es mi primo.
Se cruza de brazos.
Marcela: Bueno, no de sangre…. (Se queda pensativa unos segundos). Igual no. Mejor ni pensarlo. Estoy loca, ¿verdad? Debes estar harta de que te cuente puras bobadas mías.
Missy le maúlla de nuevo. Marcela se ríe y le da un beso en la cabeza a la gatita.
INT. CASA DE LAURA E INÉS/HABITACIÓN DE THIAGO – DÍA
Es un nuevo día. Thiago duerme profundamente, bocabajo sobre la cama y sin camisa, cubierto por una cobija de lana. De repente, la puerta se abre de golpe con una patada. Ginevra entra usando una bata floreada y unos enormes rulos en el cabello.
Ginevra: ¡Oh santo cielo! ¡Niño Thiago!
Thiago apenas se mueve.
Ginevra: ¡Niño Thiago, despierta!
Ginevra lo mueve de forma violenta y lo sacude varias veces.
Thiago: (somnoliento) O que foi?
Ginevra: ¡Que te despiertes, carajo!
Ginevra le pega una cachetada que hace reaccionar al joven de golpe.
Thiago: (muy molesto) O que é isso, mulher? Você enlouqueceu? (¿Qué te pasa, mujer? ¿Enloqueciste?)
Ginevra: ¡Claro que me enloquecí!
Thiago: Hace tiempo.
Ginevra: Cállate. Me refiero a que me enloquecí de la preocupación. ¿Tú cómo puedes dormir tan tranquilo?
Thiago: ¿Por qué?
Ginevra se lleva una mano al pecho dramáticamente.
Ginevra: Diego no llegó. ¡El niño Diego no llegó a dormir!
Thiago pestañea, sin interés alguno.
Thiago: Só isso? (¿Solo eso?)
Ginevra: ¿Cómo que solo eso?
Thiago vuelve a dejarse caer sobre la almohada.
Thiago: Me deje seguir durmindo e se largue.
Ginevra: ¿Cómo puedes ser tan desconsiderado, mi corazón? ¡No pegué el ojo en toda la noche!
Thiago: Yo sí.
Ginevra lo golpea con una almohada.
Thiago: ¡Ay!
Ginevra: ¡Tu hermano desapareció! ¿Te das cuenta? De seguro fue secuestrado luego de que se enteraran de que es pariente de una familia rica y de seguro después vienen por mí. ¡Voy a tener que entregarles mi cuerpo a esos delincuentes cochinos!
Thiago: Dona Ginevra… (Se frota la cara con fastidio) Pare de fazer escândalo. De seguro, o Diego se quedó en la mansión de la familia rica.
Ginevra: ¿Tú crees?
Thiago: Tenho certeza. Debe estar nos evitando, especialmente a usted después del circo que armó lá na empresa.
Ginevra comienza a caminar de un lado a otro.
Ginevra: ¡Esto es el colmo del descaro! Después de todo lo que he hecho por ese culisucio ingrato.
Thiago la mira con escepticismo.
Thiago: ¿Como qué?
Ginevra piensa unos segundos.
Ginevra: Bueno… (Hace una pausa) Después me acordaré.
Thiago resopla.
Thiago: En fin. Lo más probable es que no quiso nos llevar (Bosteza, con pereza).
Ginevra: (indignada) ¡Claro! Pasó de ser un repartidor de pizzas a un heredero rico y ya se cree de mejor estatus, pero esto no se va a quedar así, como me llamo Ginevra Montiel.
Thiago: (con los ojos cerrados) O que vai fazer?
Ginevra: Tú déjamelo a mí. Diego no se va a burlar de mí. ¡No, señor!
Ginevra dice aquello con suma determinación. Thiago solo vuelve a recostarse y se tapa con la cobija.
INT. HOSPITAL/HABITACIÓN – DÍA
Un médico termina de tomarle la presión a Pascual, recostado sobre la cama, mientras Leoncio observa desde un lado.
Médico: La presión ya está estable.
Leoncio suspira con alivio. El médico le quita el tensiómetro al anciano.
Médico: Pero esto fue una advertencia importante, don Pascual. Usted debe retomar el tratamiento para la hipertensión cuanto antes.
Pascual: (fastidiado) Ya empezamos…
Médico: No es un juego. Si no controla la presión, los episodios pueden repetirse.
Leoncio presta atención en silencio.
Médico: Mareos, pérdidas de conocimiento o algo más grave. Hágame caso.
Pascual guarda silencio.
Médico: Voy a dejar las indicaciones y la fórmula médica.
Leoncio: Muchas gracias, doctor.
El médico asiente y sale de la habitación. Leoncio se vuelve hacia su padre con seriedad.
Leoncio: ¿Se puede saber en qué estabas pensando?
Pascual: ¿Qué? ¿Vas a seguir tú con los reproches?
Leoncio: Papá, suspendiste tu tratamiento y yo ni enterado, hombre. ¿Qué te pasa?
Pascual: Ya, ya. A mí no me venga a regañar que para eso soy su papá. Yo sé lo que hago.
Leoncio: (incrédulo) ¿Ah, sí? Pues no pareciera.
Pascual: Me sentía bien, Leoncio, ya. A mí me aburre estar tomando pastillas y medicamentos. Me gusta estar lúcido y no como un viejo inútil postrado en una cama.
Leoncio niega con la cabeza.
Leoncio: A ver, papá. Por culpa de ese mareo, te caíste en la piscina. En este momento te podríamos estar velando de no ser por Diego que se lanzó a sacarte.
Pascual guarda silencio, mirando hacia otro lado.
Leoncio: Te salvaste de puro milagro. ¿Sí te das cuenta?
Pascual se queda pensativo unos segundos y asiente.
Pascual: Tengo que reconocer que sí. El muchacho ese me salvó. Donde él no hubiera estado ahí, ahorita no la estaría contando. ¿Quién lo diría? Y después de que lo traté como si fuera un indigente.
Leoncio: Ah, pues qué bueno que lo reconoces. Diego es un buen tipo y no hace falta conocerlo desde hace tiempo para darse cuenta que es honesto, noble… Te has pasado con él.
Pascual: Yo no soy perfecto, Leoncio. Tengo mis defectos, muchísimos y eso yo lo sé.
Leoncio: Entonces agradéceselo o por lo menos discúlpate por cómo lo has tratado desde que llegó.
Pascual: Tampoco exageremos.
Leoncio: Ahí vas tú otra vez…
Pascual: Una cosa no tiene nada que ver con la otra.
Leoncio: Claro que tiene que ver. Diego ha recibido desplantes, humillaciones y desconfianza desde el primer día.
Pascual: Y yo sigo sin saber si es un Ferrer.
Leoncio: Pero sí sabes que es un hombre decente y bueno porque, de lo contrario, te habría dejado hundir.
Las palabras parecen golpearlo. Pascual desvía la mirada nuevamente.
Leoncio: Ya vuelvo. Voy a firmar la salida. Y por favor, papá, no vuelvas a jugar con tu salud.
Leoncio sale. La puerta se cierra y Pascual queda solo en la habitación, pensativo después de aquella conversación.
INT. CASA DE LOS FERRER/PASILLO DEL SEGUNDO PISO – DÍA
Ulises sale de su habitación mientras escribe desde su celular. En pantalla aparecen en forma de burbujas los mensajes que intercambia con Federico.
Federico (mensaje): ¿Hablaste con Marcela?
Ulises teclea sin detenerse.
Ulises (mensaje): Sí, pero no te hagas ilusiones. Está haciéndose la digna. Dudo que te perdone.
Justo en ese momento, la puerta de la habitación de huéspedes se abre. Diego sale cargando su bolso y ambos se quedan viendo durante unos segundos. Ulises de inmediato lo fulmina con la mirada. Diego baja ligeramente la cabeza a modo de saludo.
Diego: Buenos días.
Ulises: Eran buenos (Guarda el celular en el bolsillo del pantalón). ¿Usted qué hace todavía aquí? ¿No se supone que ya se iba?
Diego acomoda la correa de su bolso con algo de pena.
Diego: Justamente eso iba hacer.
Ulises: Pues se ha demorado bastante. Dicen por ahí que el que más se despide, es el que más amañado está.
Diego: Comigo isso não vai acontecer.
Ulises se acerca mirándolo de arriba abajo, sosteniendo el codo del brazo derecho sobre la palma de la mano izquierda de forma delicada.
Ulises: Mire, sambero. A mí ningún aparecido va a venir a quitarme el cariño de mi papá ni a quedarse con lo que es mío.
Diego: No me interessa nada de eso.
Ulises: (incrédulo) Sí, claro.
Diego: Es tu decisión creer. Yo vine a Colombia por mi hermano que está enfermo.
Ulises: Ay, sí, claro. Esa es la excusa de todos los muertos de hambre. Primero llegan con cuentos tristes y después terminan instalados como garrapatas. ¿Por qué no se devuelve para Brasil, no sé, a tocar samba o a bailar en un carnaval? (Se burla)
Diego: (muy serio) Me respeita, por favor.
Ulises: ¿Y si no qué?
Ulises se ha acercado a una corta distancia de apenas unos centímetros. Diego intenta no dejarse intimidar y sostiene su mirada.
Diego: Não quero problemas e además, no te faltei al respeito. Entonces no veo por qué tú sí tienes que hacerlo conmigo.
Ulises: Pues porque sí. Porque su sola presencia nos está importunando y poniendo de todo de cabeza entre mis papás, así que quiero que se vaya.
Ulises da un empujón en el hombro al pasar junto a él. Diego permanece quieto unos segundos y se atreve a detenerlo, tomándolo del brazo.
Diego: ¡Ulises!
Ulises: (muy molesto) ¿Qué le pasa? ¡No me toque!
Diego lo suelta enseguida.
Diego: Solo quero entender uma coisa.
Ulises lo mira con fastidio y se cruza de brazos.
Diego: Puedo entender que tu mamá me desprecie. Puedo entender que tu abuelo dude de mí, pero… (Hace una pausa) La verdad no consigo entender por qué me ves como si fosse tu inimigo si somos hermanos.
Ulises: Yo no quiero hermanitos, ni ahora ni nunca, sea o no verdad que usted es hijo de mi papá. ¿Le quedó claro o necesita que le haga una explicación en plastilina?
Diego guarda silencio y asiente despacio, sintiéndose un poco dolido.
Diego: Está bien.
Diego se aleja por el pasillo. Ulises permanece inmóvil, observándolo marcharse y poco a poco la expresión de rabia desaparece. Lo ve de espaldas y por su mente cruza fugazmente el recuerdo de Diego saliendo del baño, con el cabello mojado, una toalla alrededor de la cintura la cual luego se quitó. Ulises parpadea de inmediato, molesto consigo mismo.
Ulises: ¿Qué carajos? ¿Por qué no me logro sacar esa maldita imagen de la cabeza?
Ulises aparta la mirada, incómodo y luego se marcha rápidamente en dirección contraria.
INT. CASA DE LOS FERRER/COMEDOR – DÍA
Marcela, Guillermo e Irene desayunan. Guillermo toma un sorbo de café.
Marcela: Entonces ¿mi abuelo está mejor?
Guillermo: Sí. Leoncio se quedó en el hospital para que yo viniera a descansar un rato. Me escribió hace como una hora y me contó que ya le iban a dar de alta.
Marcela: (suspirando aliviada) Ay, menos mal. Tremendo susto que nos pegó mi abuelo..
Guillermo: Y al parecer todo fue por la presión alta. El médico dijo que dejó el tratamiento hace tiempo.
Marcela: Ay, qué necio de verdad.
Irene: Definitivamente mi suegro cree que es inmortal, aunque también me da mucho gusto que esté mejor.
Diego hace acto de presencia en ese instante.
Diego: Buenos días.
Marcela sonríe al verlo. Irene todo lo contrario, aunque continúa comiendo sin demostrar importancia.
Marcela: Buenos días, Diego.
Guillermo: ¿Cómo amaneciste, Diego?
Diego: Muy bien. Gracias.
Guillermo: Las gracias te las tengo que dar yo a ti, muchacho. Con todo lo de la emergencia anoche no te agradecí por haber salvado a mi papá.
Diego: (sonriendo) Fue con gusto. Hice lo que debía hacer y yo también quería agradecer a ustedes por tudo.
Marcela: ¿Ya te vas?
Diego: (asintiendo) Sí y además dormí más de la cuenta. Desculpem. Eu estava muy cansado.
Guillermo: No te preocupes.
Marcela: Por lo menos desayuna antes de irte. Siéntate.
Diego: Muchas gracias, mas prefiro irme de una vez.
Irene: (interviniendo) Déjenlo ya que se vaya. Ha estado tiempo de más en esta casa.
Marcela rueda los ojos fastidiada.
Guillermo: Irene, he intentado no meterme en este asunto porque siento que es entre mi hermano y tú, pero a veces sí te pasas, cuñada. El muchacho es muy respetuoso y no te está haciendo nada.
Irene: Sí, Guillermo, pero yo solo estoy replicando lo que este joven dijo ayer en la oficina luego del problema con la mujercita esa que decía ser prometida de él. ¿Me equivoco, Diego? Usted prometió que se iría.
Diego baja la mirada incómodo.
Diego: Tiene razón, senhora. No voy a provocar más incómodos. Con permiso y tengan buen día.
De repente, una voz dominante se hace sentir en el comedor.
Pascual: ¡Un momento!
Todos voltean. Pascual aparece en la entrada del comedor apoyándose ligeramente en Leoncio. El silencio se apodera del lugar. Marcela se pone de pie de inmediato y va a saludarlo de beso en la mejilla.
Marcela: ¡Abuelo! ¡Ay, qué alivio que estés bien! Nos tenías muy preocupados.
Pascual: Gracias, mijita.
Irene y Guillermo igual se ponen de pie.
Irene: Qué bueno ver que el incidente no pasó a mayores, suegro.
Pascual: Hierba mala nunca muere.
Marcela: (abrazándolo de lado) No digas esas cosas. Mira que nos diste un susto terrible.
Pascual: Bueno, pero aquí me tienen y para rato.
Diego: (con timidez) Fico feliz em ver que está mejor, senhor.
Pascual: Gracias. Me pareció escuchar que ya se iba.
Diego: Sí, así es.
Pascual lo observa durante unos segundos.
Pascual: Pues no (Todos se sorprenden). Usted no se va todavía.
Irene frunce el ceño al escuchar, desconcertada.
Pascual: Por lo menos no se va hasta que hablemos.
Diego se extraña. Marcela tampoco comprende bien aquella inesperada reacción de su abuelo. Irene no hace buena cara. Leoncio solo sonríe con sutileza.
INT. CASA DE LOS FERRER/ESTUDIO – DÍA
Minutos después, Diego entra al estudio con el bolso todavía al hombro. Pascual se encuentra sentado detrás del escritorio. Leoncio permanece de pie a un lado. Pascual señala una silla.
Pascual: Siéntese.
Diego obedece.
Diego: Gracias.
Pascual se acomoda en el respaldo y lo observa durante unos segundos.
Pascual: Voy a ir al grano porque no me gustan las vueltas.
Diego guarda silencio, escuchando con atención.
Pascual: Tengo que reconocerle que me he portado duro con usted, pero también entenderá que toda mi vida he cuidado esta familia y el nombre de los Ferrer. Los escándalos nunca han sido bienvenidos en esta casa.
Diego: (asintiendo) Entiendo, señor. Mi intención no es provocar escándalos.
Pascual: Me alegra y le creo, más después de lo que pasó anoche.
Pascual baja la mirada por un instante.
Pascual: Mire, Diego. Si hoy estoy aquí sentado hablando con usted es porque usted decidió lanzarse a esa piscina para salvarme.
Diego: Yo solo hice lo que cualquiera hubiera hecho.
Pascual: Deje de ser modesto y no se quite méritos. Usted me sacó del agua y punto. Mucha gente mira para otro lado cuando llegan los problemas y yo sé ser agradecido. Por eso, ya hablé con Leoncio y voy a darle la plata que necesita para la cirugía de su hermano.
Diego: No, señor. Me desculpe, mas no puedo aceitar.
Pascual: Deje la modestia para otro momento, hombre.
Diego: No es modestia. Mi mamá me ensiñó que hay que trabajar por lo que se recebe.
Pascual: Y estoy de acuerdo. El dinero se lo ganó usted salvándome la vida.
Diego: Yo nunca cobraría por eso.
Leoncio interviene.
Leoncio: Diego, de todas formas eso era lo que íbamos a hacer tú y yo.
Diego: Es mentira. Yo pedí para usted el dinero prestado, no regalado.
Leoncio: Bueno, sí, pero tu hermano necesita esa cirugía y no podemos seguir perdiendo tiempo si está tan mal.
Pascual: Y además esta vez hay una diferencia. Leoncio ya no es el que va a darle o a prestarle el dinero. Esto corre por mi cuenta y con mi autorización, independientemente de que usted sea un Ferrer o no.
Diego: Le agradeço, mas mismo así, no puedo aceitar.
Pascual y Leoncio se miran pensativos.
Pascual: Bueno. Pues perfectamente yo me podría olvidar del asunto y no darle ni un centavo, pero a mí no me gusta deber favores y usted acaba de decir algo que me gustó, que le enseñaron a trabajar para ganarse las cosas.
Pascual señala el escritorio con un dedo.
Pascual: Entonces hagamos las cosas a su manera.
Diego escucha con atención. Pascual sostiene su mirada.
Pascual: Usted me salvó la vida, muchacho y ya que insiste tanto, voy a ser yo el que le preste la plata para la cirugía de su hermano. Leoncio queda por fuera de este asunto.
Diego guarda silencio.
Pascual: Pero aquí nadie recibe nada gratis. Va a trabajar si eso es lo que quiere. Va a ganarse cada peso y me va a devolver hasta el último centavo. ¿Entendió?
Pascual se reclina nuevamente en la silla.
Pascual: Si después resulta ser un Ferrer, magnífico… (Hace una pausa) Y si no lo es, al menos sabré que usted es un hombre decente y trabajador.
Leoncio: Acepta, Diego.
Diego respira profundamente y tarda en contestar.
Diego: ¿Y qué tipo de trabajo podría ser?
Leoncio: Yo lo estuve conversando con mi papá de camino para acá y como supuse que no tienes más experiencia que la de repartidor, pensé que te podría interesar algo así como de mensajero o de auxiliar administrativo de la aseguradora.
Diego: ¿Qué tengo que hacer nesse trabalho?
Leoncio: Cosas básicas de oficina. Llevar documentos entre departamentos, archivar contratos y expedientes, hacer diligencias dentro y fuera de la empresa, entregar correspondencia, transportar cajas de archivos y así.
Pascual: Como un todero.
Diego: (confundido) ¿Todero?
Leoncio: Sí, alguien que hace un poco de todo. ¿Qué te parece?
Diego se queda pensativo. Mira a ambos hombres y asiente.
Diego: Está bien. Voy a hacer qualquer coisa para salvar meu hermano y si ustedes me dan a oportunidade, no voy a rechazar. ¿Cuándo es que tengo que começar?
Pascual y Leoncio intercambian una mirada.
INT. CASA DE LOS FERRER/SALA – DÍA
Marcela permanece sentada frente a su laptop, sobre un sofá y sonríe levemente al comprobar que logró recuperar el acceso a su correo.
Marcela: (aliviada) ¡Lo logré! ¡Logré recuperar la contraseña, menos mal! (Comienza a revisar cambios recientes) Veamos… (Lee unos detalles que la dejan extrañada) Qué raro. Dice que fue ayer que cambié la clave en la mañana. Yo a esa hora estaba desayunando y ni había salido. Vamos a ver si la presentación por lo menos quedó por acá.
Luego revisa varios archivos en la nube, abre una carpeta y suspira aliviada al encontrar la presentación.
Marcela: ¡Listo! Aquí está. Lo que no entiendo es cómo se borró del pendrive (Pensativa). Yo la descargué y la pasé. Bueno, ¿ya para qué si de todas maneras la idea era presentar esto ayer en la reunión y no se pudo?
La joven sigue pensando cuando una empleada aparece.
Empleada: Señorita Marcela…
Marcela levanta la vista.
Marcela: ¿Sí?
Empleada: Tiene visita.
Marcela: (extrañada) ¿Quién es?
Una voz responde antes de que la empleada pueda hacerlo.
Federico: Yo.
Marcela endurece el rostro de inmediato. Federico entra a la sala con una sonrisa cautelosa y un ramo de flores.
Marcela: (a la empleada) Gracias. Yo me encargo.
La empleada le sonríe y se retira. Ulises justo viene bajando las escaleras y al voltear hacia la derecha donde queda la sala, se sorprende al ver a su amante.
Ulises: ¿Federico?
Rápidamente retrocede unos escalones y se oculta para escuchar. Marcela, entretanto, mira al hombre con sumo recelo.
Marcela: (muy seria) ¿Qué haces aquí?
Federico: Necesitaba hablar contigo.
Marcela: Pues yo no necesito hablar contigo. Todo ya quedó clarísimo esa noche.
Federico: Te equivocas. Estás confundida y necesito explicarte muchas cosas.
Marcela: ¡Ah! Ahora yo soy la equivocada y la confundida. ¿Sabes qué, Federico? Vete. No quiero que te vayan a ver.
Federico: ¿Ya le contaste a tu familia que terminaste conmigo?
Marcela: Todavía no, pero últimamente hemos estado ocupados con un asunto mucho más importante y estoy esperando el momento de avisarles que el matrimonio contigo no va. Retírate.
Federico: Por favor, Marcela. Te pido cinco minutos. Cinco minutos y nada más. Después puedes hacer lo que quieras. Tirarme por el balcón, escupirme, pegarme. ¡Lo que sea! Pero dame cinco minutos, mi amor. Te lo pido.
Marcela se cruza de brazos con evidente molestia. Ulises permanece escuchando.
CONTINUARÁ..


















Comentarios
Publicar un comentario