Capítulo 10: Casa de secretos
EXT. CASA DE LAURA E INÉS – NOCHE
Diego camina por la calle y mira hacia ambos lados, confundido, por lo que verifica en su celular el GPS.
Diego: Que estranho! Esta es la dirección.
Hay una fila enorme de personas que ocupa buena parte de la cuadra. Laura aparece por el otro extremo de la calle, todavía con la ropa de oficina y un bolso al hombro, por lo que al ver al brasileño lo saluda con emoción.
Laura: ¡Diego!
Diego: Oi, Laura!
Diego se le acerca, aliviado.
Diego: Que bueno te ver. Estoy procurando la casa da tua abuela, mas no consigo me recordar dónde es. Yo juraba que era aqui em frente e solo veo essa fila.
Laura resopla.
Laura: Ay, no puede ser. Ya empezó mi abuelita otra vez.
Diego: ¿Qué empezó?
Laura: Su bendita venta de empanadas.
Diego la mira sin entender.
Diego: Entonces ¿essa daí sí es la casa?
Laura: Sí, tranqui que no estabas perdido. Mi abuela ha estado con un tornillo zafado últimamente y le dio por ponerse a vender empanadas. Ven y verás.
Los dos se acercan a la puerta de la casa y es que, en efecto, la fila es larga y las personas se ven desesperadas por adquirir las dichosas empanadas. Inés cobra dinero sin dar abasto. Thiago, con un delantal floreado puesto y cara de pocos amigos, prepara empanadas mientras suda.
Diego: (confundido) ¿Thiago?
Laura: Parece que mi abuela ya lo agarró de ayudante.
Thiago aún no lo ha visto. Inés sigue recibiendo dinero y despachando paquetes de empanadas.
Inés: ¡Mijo! ¡Más rapidito con esas empanadas que la gente está esperando!
Thiago: Eu não sou uma máquina, senhora. Preciso descansar!
Inés: Deje de quejarse y mejor métale nitro a esas manos.
Thiago: (rodando los ojos) Meu Deus, eu vou enlouquecer…
Inés levanta una bandeja.
Inés: ¡Llévelas, llévelas! ¡Empanadas hechas por manos brasileñas! ¡Las únicas del barrio, mis amores! ¡Llévenlas!
Cliente 1: ¡Deme cuatro!
Cliente 2: (desesperado) Yo me quiero llevar diez, doña Inés.
Clienta 3: Yo me llevo tres paquetes de cinco, señora.
Inés: Tranquilos, tranquilos que para todos va a haber.
Diego se queda completamente impactado ante lo que ve y se acerca a su hermano.
Diego: Thiago…
Thiago se sorprende al verlo y se apena de inmediato.
Diego: Você está…? Você está cozinhando mesmo?
Thiago baja la cabeza, lleno de vergüenza. Diego sonríe con burla, aunque intenta disimular.
Diego: Caraca! No puedo creer que viví para ver isso.
Thiago: (irritado) Você vai ficar aí me vendo com essa cara de idiota ou vai me ajudar?
Diego: Você não precisa de ajuda. Está hazendo un buen trabalho.
Laura se ríe. Thiago lo mira fastidiado. Inés se alegra al ver a los recién llegados.
Inés: Ay, qué bueno que ya están aquí. Llegaron en pleno voleo. Laura, mija, tráigame de allá de la cocina un paquete de bolsas para empacar las empanadas, pero ¡para ya!
Laura se adentra en la casa.
Laura: Sí, señora. ¿Diego me acompañas o prefieres ayudarle ahí a tu hermano?
Thiago lo mira con los ojos suplicantes.
Diego: Humm…
Diego dibuja una sonrisa jocosa en el rostro, dudando.
Diego: Eu te acompanho, Laura.
Thiago lo fulmina con la mirada. Diego se ríe a carcajadas y entra a la casa junto con la joven. Thiago resopla frustrado.
Thiago: Esto es uma humillación.
INT. CASA DE LAURA E INÉS/SALA – MÁS TARDE
Inés se encuentra desparramada en el sofá, terminando de contar un fajo de billetes y su sonrisa de felicidad no le cabe en la cara. Diego, Thiago y Laura entran. Thiago aún usa el delantal floreado.
Laura: ¡Uf! ¡Por fin despachamos a toda la gente! Pensé que la fila no se iba a acabar nunca.
Diego: (en tono burlesco) Y yo nunca pensei ver a mi hermano cozinhando.
Thiago se quita el gorro con fastidio y se tumba en otro sofá.
Thiago: Já foi, cara! (Ya estuvo, hermano) Para com isso!
Diego: Está bem, relaxa. Yo solo estoy curioso por saber cómo es que a dona Inés convenceu você para ajudar con la venta.
Thiago: Ella… (Hace una pausa) Ella prometeu para mí un calentador de agua.
Inés interviene sin dejar de contar el dinero.
Inés: ¡Y se lo ganó bien ganado!
Diego suelta una risa.
Diego: Ah, agora é que caiu a ficha (Ah, ahora es que entendí). Ya decía que no era normal tú cozinhar.
Laura: (curiosa) ¿Tan perezoso eres, Thiago?
Thiago: O Diego está exagerando.
Diego lo mira con los ojos entrecerrados.
Thiago: Para de me ver assim. Você, pelo menos, está vivendo en una mansión rica sin passar penúrias mientras yo estoy aqui sofrendo.
Diego: Claro que não. Quedé en essa casa porque o abuelo da Marcela sofreu um acidente.
Laura: (sorprendida) ¿Cómo que un accidente? ¿Fue por eso que ella no fue hoy a la oficina?
Diego: En parte. También quería renunciar por lo que aconteceu con la presentación de los inversionistas.
Laura: Me imaginé. La vi salir ayer muy afectada.
Diego: Espero que cambie de opinión.
Laura: ¿Y cómo sigue don Pascual?
Diego: Bien. Casi se ahoga en la piscina.
Laura: ¡Ay, no me digas! ¿Cómo terminó ahí?
Diego: Parece que sofreu um desmaio e correu com suerte porque vi él tentando sair.
Laura: Pues menos mal lo salvaste.
Thiago: Y supongo que ganaste pontos con él.
Diego: Yo no me interesso por ganar pontos. Yo solamente hice lo correto.
Thiago: (en tono molesto) Tú sempre haciendo de santo y mártir.
Diego no toma bien el comentario y baja la cabeza, sintiéndose mal por ello. Inés los interrumpe sumamente exaltada.
Inés: ¡¡Lo logramos!!
Todos voltean. Inés levanta el dinero como si hubiera ganado la lotería.
Laura: ¿Qué pasó, lita?
Inés: ¿Cómo que qué pasó, mija? ¡Mire todo esto! ¡Mire!
Inés extiende los billetes en la mesa, sumamente emocionada.
Inés: ¡Hoy vendimos casi veinte veces más que cualquier otro día! ¡Mire este dineral!
Laura: (sorprendido) ¿En serio?
Inés: ¡Sí, muy en serio! ¡Ya completé la plata que nos faltaba para montar el restaurante! ¿Se da cuenta, mijita? ¡Por fin se nos va a hacer el milagrito!
Inés comienza a saltar muy contenta. Laura sonríe feliz.
Laura: ¡Qué alegría, lita!
Diego: Qué bom, dona Inés. Felicitaciones por el éxito.
Inés: Todo fue gracias a este bizcocho brasileño.
Inés le jala un cachete con fuerza a Thiago, quien queda adolorido y solo frunce el ceño con fastidio.
Inés: La gente vino por la curiosidad de verlo haciendo empanadas y hasta de otros barrios llegaron.
Diego mira orgulloso a su hermano.
Diego: Viu, Thiago? Hoy você serviu pra alguma coisa.
Thiago le lanza una mirada asesina y habla con sarcasmo.
Thiago: Muito engraçado.
Inés: Sí, estaban muy engrasadas las empanadas, pero ¿qué importa? Lo importante es que vendimos.
Diego: (riendo) Engraçado significa divertido, dona Inés.
Inés: ¿Ah, sí? Bueno, pues hasta mejor que me enseñe, mijo porque así voy aprendiendo palabritas portuguesas y harto que las voy a necesitar de ahora en adelante.
Laura: (extrañada) ¿Desde cuándo a usted le interesa aprender portugués, lita?
Inés: Desde hoy, mi amor porque gracias a este par de hermanitos que nos cayeron como del cielo es que vamos a cumplir el sueño de abrir el restaurante y yo no soy ninguna desagradecida. ¡Claro que no! Ellos también tienen que hacer parte de este proyecto.
Diego y Thiago se miran extrañados. Laura también se desconcierta.
Laura: No le estoy entendiendo, abuelita.
Inés: Pronto me va a entender. Diego, mijo…
Inés se le acerca y se engancha de brazo con él de forma muy jocosa.
Inés: Dígame una cosa. ¿Qué comen ustedes allá en Brasil?
Diego: Depende de la región. Feijoada, pão de queijo, moqueca, coxinhas, brigadeiros…
Inés: ¿Y todo eso es rico?
Diego: (asintiendo) Muito, sim.
Inés: Entonces no se diga más. Mi restaurante no va a ser solo colombiano. Va a tener tanto comida colombiana como brasileña (Todos se sorprenden).
Laura: (considerando la idea) Pues no suena mal y si a la gente le llamó tanto la atención unas empanadas hechas por un brasileño, segurito con comida de allá les va a encantar. Es más, sería el primer restaurante de comida brasileña en este barrio.
Inés: ¿Ve, Laurita? Yo tengo visión de emprendedora y por eso, quiero que ustedes dos, papasitos, trabajen conmigo.
Thiago se espanta al oírla. Inés le extiende la mano a Diego.
Inés: ¡Quiero que seamos socios!
Diego se sorprende con la propuesta. Tarda unos segundos en contestar, procesando la información, pero finalmente corresponde al gesto y le da la mano a la mujer, sellando el trato.
Diego: ¡Seamos socios entonces!
Diego le sonríe. Laura también sonríe con emoción. Thiago se ve pesimista y solo niega con la cabeza.
INT. RESTAURANTE-BAR – NOCHE
El lugar está ambientado con música suave. Cristina está sentada en la barra. Lleva varias copas encima y da vueltas distraídamente al vino dentro de su copa. Guillermo llega en ese instante.
Guillermo: Cristina…
Cristina voltea a verlo. Guillermo se sienta a su lado con seriedad.
Cristina: (sonriendo ebria) Te dignaste a venir.
Guillermo: ¿Qué pasó? ¿Para qué querías verme con tanta insistencia?
Cristina esboza una sonrisa cansada.
Cristina: Quería hablar contigo…
Guillermo: ¿Hablar sobre qué? Tú y yo no tenemos nada de qué hablar después del divorcio.
Cristina: Para la forma en que lo dices, parece que fue quitarte un peso de encima. Te ves hasta de mejor semblante y en cambio mírame a mí, emborrachándome sola como una estúpida.
Guillermo resopla con algo de exasperación.
Guillermo: Cristina, ya dime qué pasa.
Cristina: Relájate. Es temprano todavía. ¿Por qué no me acompañas y te tomas una copa?
Guillermo: Gracias, pero no quiero nada. Quiero que me digas para qué me hiciste venir hasta acá.
Cristina no responde. Termina de beber el poco vino que le restaba en la copa y se queda mirando al vacío.
Cristina: He pensado mucho estos días, Guillermo.
Guillermo: ¿Y?
Cristina: Y… (Hace una pausa) Me parece que sí tuve mucha culpa en lo que pasó entre nosotros.
Guillermo la observa sin responder.
Cristina: Yo siempre te eché la culpa de todo y nunca acepté mis errores. Tal vez sí fui demasiado dura contigo y con Marcela.
Guillermo suspira.
Guillermo: ¿Para qué mencionas todo esto ahora?
Cristina: Te lo digo para que veas que sí me arrepiento de no haber luchado por nuestro matrimonio y que, a pesar de todo, todavía pienso en ti.
Guillermo: Cristina, quiero pensar que me lo dices con sinceridad, pero mírate… Estás borracha, bebiendo y ese fue justo uno de los detonantes que nos separó.
Cristina: Te juro que es la verdad.
Guillermo: Perdóname, pero así me cuesta mucho creerte y además, de nada sirve a estas alturas que vengas con reflexiones y remordimientos. Lo nuestro se terminó.
Cristina: ¡Corrección, mi amor!
Cristina levanta el dedo índice.
Cristina: El hecho de que un papel haya anulado nuestro matrimonio no quiere decir que se haya terminado. Tú y yo vamos a estar casados siempre. Marcela es nuestra hija y nos une.
Guillermo: Una hija a la que hiciste menos por ser adoptada, a la que constantemente reprimiste y acosabas porque no llenaba tus expectativas. ¿O es que ya se te olvidó?
Cristina: Yo sé que hice mal, pero quiero redimirme contigo y con ella.
Guillermo: (negando) Muy tarde.
Cristina le toma suavemente la mano.
Cristina: Dame una oportunidad, Guillermo, por favor. Podamos empezar otra vez, sin presiones, sin compromisos, así como cuando éramos novios.
Guillermo retira la mano con delicadeza.
Cristina: Yo puedo intentar cambiar, ser otra…
Cristina se inclina ligeramente para besarlo. Guillermo la detiene poniendo una mano entre ambos.
Guillermo: No, Cristina.
Cristina: ¡Por favor!
Cristina se ve desesperada e intenta besarlo de nuevo, pero él interpone distancia y la toma de los brazos con delicadeza.
Guillermo: Entiende que no. Yo ya no te amo y lo de nosotros no tiene arreglo.
Cristina: Guillermo, no me hagas esto.
Guillermo: Más bien no te hagas esto a ti misma. Lo nuestro terminó hace mucho tiempo..
Cristina: Yo todavía creo que podemos arreglar las cosas si lo intentamos.
Guillermo: Pues mira, si de verdad quieres empezar de nuevo, hazlo con la persona que más lo necesita. Acércate a Marcela.
Cristina se aparta con brusquedad y desvía la mirada.
Guillermo: Tú nunca fuiste la madre que ella necesitó y todavía estás a tiempo de cambiar eso si quieres, pero en cuanto a los dos, olvídalo.
Guillermo se pone de pie de forma contundente.
Guillermo: Cuídate.
Y sin esperar respuesta, se marcha. Cristina permanece inmóvil y hace una mueca de rabia.
Cristina: (entre dientes) Idiota. ¿Cómo se atreve a rechazarme? ¡Infeliz! Estoy segura de que tiene otra. ¡Estoy segura!
Cristina recuesta los codos sobre la barra y se pone las manos en el cuello, intentando contener las ganas de llorar.
INT. AUTO – NOCHE
Ulises conduce con rapidez. Tiene la mirada perdida y los ojos enrojecidos. Las palabras de Federico retumban en su cabeza una y otra vez.
Federico: (voz en off) Me das asco… Das pena… Eres como un vicio de mierda que me da asco, pero que no puedo parar.
Ulises aprieta el volante y las lágrimas le escurren por sí solas de los ojos.
Federico: (voz en off) ¡Me das asco, Ulises! ¡Me das asco!
Ulises: Cállate…
Federico: (voz en off) Deja de ser tan mariquita y tan ridículo como para creer que el mundo es de color rosa. ¡Das pena!
Ulises: (gritando) ¡Que te calles, maldito! ¡Cállate! ¡Cállate! (Repite desesperado)
De repente, un camión que viene en el sentido contrario hace sonar su bocina. Ulises reacciona de inmediato y lo esquiva con destreza, aunque el auto derrapa en la vía y da un par de vueltas.
Ulises: Estuve cerca…
Respira agitado y traga saliva, procesando lo que le ha ocurrido.
Ulises: ¿Y si no maté a Federico? Yo ni siquiera comprobé si seguía respirando. ¿Qué tal si sigue vivo y necesita ayuda?
Ulises tiembla y se pasa las manos por el rostro, intentando pensar rápido.
Ulises: ¿Qué hago?
Ulises se queda pensando durante varios segundos, incluso se come la uña del dedo pulgar y se lo chupa sin poder dejar de temblar.
Ulises: Tengo que llevarlo a un hospital, sí… Tuve que haber hecho eso desde el principio. Es mejor eso a dejarlo allí tirando muriéndose.
Ulises gira bruscamente el vehículo, preso de los nervios y decide devolverse. No obstante, más adelante, distingue un retén de la policía de tránsito y hay un par de agentes que detienen vehículos para realizar pruebas de alcoholemia. El joven abre los ojos alarmado
Ulises: Mierda, esto era lo único que me faltaba…
Mira la botella vacía sobre el asiento del copiloto y traga más saliva como si la sed le quemara la garganta.
Ulises: Me van a arrestar si me hacen esa maldita prueba o me pueden quitar la licencia. Mi mamá y mi abuelo me matarían.
Duda, pero al final no ve de otra que desviarse de la vía y seguir su camino.
INT. CASA DE LOS FERRER – NOCHE
El joven ha llegado finalmente y camina por el jardín, evidentemente nervioso y ansioso.
Ulises: (muy nervioso) Donde mi mamá me vea en este estado, me va a empezar a indagar cosas. Prefiero entrar más tarde.
Ulises cruza el jardín y se dirige al cobertizo, cuidando que nadie lo vea, pero justo cuando pone la mano en el picaporte de la puerta, escucha unos gemidos y se detiene. Irene y Rómulo están allí adentro, desnudos, pues acaban de tener un momento de intimidad sobre un colchón. Él se quita de encima, extasiado y ella exhala. El cobertizo es tenuemente iluminado por un pequeño foco que cuelga del techo.
Rómulo: (satisfecho) Nada mal, mi señora. Hoy estaba más fogosa que otras veces.
Irene cierra los ojos, dejando que su cuerpo descanse al tiempo que su pecho sube y baja.
Irene: He estado bajo mucho estrés estos últimos días.
Ulises abre los ojos como platos y reconoce la voz de su madre. Entreabre un poco la puerta y se queda petrificado ante la escena que ve.
Rómulo: ¿Por qué? ¿Todavía está así por lo del brasileño?
Irene: ¿Por qué más voy a estarlo?
Irene abre los ojos y mira al techo.
Irene: El tipejo ese llegó a ponerlo todo patas arriba. Leoncio hasta se atrevió a insinuarme el divorcio ayer.
Rómulo: Donde usted se divorcie, se le acaba la gallinita de los huevos de oro.
Irene: No me lo tienes ni qué decir. Yo sé perfectamente que el divorcio no me conviene ni por mí ni por hijo. Una cosa así sería dejarle el camino libre al brasileño y eso sí que no.
Rómulo: ¿Y entonces?
Irene: Tengo que deshacerme de ese tipo cuanto antes porque ya hasta se ganó la confianza de mi suegro por dizque haberlo salvado anoche.
Rómulo: Yo, por mi parte, ya hice lo que dije..
Irene voltea a mirarlo con interés:
Irene: ¿De verdad?
Rómulo: Sí. El paquetico quedó bien escondido entre la ropa del brasileño. Cuando usted me dé la orden, llamo a la policía y asunto arreglado. El brasileñito sale de circulación.
Irene: (sonriendo con satisfacción) Excelente. Voy a esperar hasta pasado mañana a ver cómo se ponen las cosas y te aviso. El tipo ese se va a arrepentir de haber pisado si quiera este país.
Rómulo: ¿Qué hay de esta otra muchachita? Marcela… Ella también estorba y por lo que supe, consiguió trabajo en la empresa primero que Ulises. Le está sacando ventaja.
Ulises se extraña al oír su nombre.
Irene: De ella también me estoy ocupando. Hay una vieja ridícula con cara de caballo perdidamente enamorada del brasileño y le metí suficiente cizaña para que le arme un escándalo a Marcela.
Rómulo: (riendo) Usted sí que corre, señora y conociendo a don Pascual…
Irene: Exacto. Cuando él vea a su nieta haciendo semejante papelón detrás de un hombre que además dice ser su primo, la confianza que empezó a tenerle al muchacho se va a acabar y a ella hasta la puede sacar de la empresa definitivamente.
Rómulo la rodea con un brazo y la mira enamorado.
Rómulo: Usted ya sabía lo mucho que la admiro, ¿no? (Irene no responde) ¿Qué no diera yo para que usted fuera mi mujer?
Rómulo hace ademán de besarla, pero ella se aparta con desgano.
Irene: ¿Vas a empezar otra vez?
Rómulo: ¿Qué tiene de malo decir la verdad? Yo sí la valoro, señora, no como el maluco de su marido. ¿O es que se le olvida que yo soy el que la hace sentir como una hembra?
Rómulo comienza a tocarla. Irene rueda los ojos y se sienta en el colchón, cubriéndose con una sábana y dándole la espalda.
Irene: Yo ya te dije que así estamos bien.
Rómulo se hace a un lado, frustrado. Irene se incorpora y busca su ropa.
Irene: Y además, te recuerdo que el que yo siga casada con Leoncio es algo que a ti también te beneficia.
Rómulo: Tanto como beneficiarme, no. Usted sabe que solo la comparto y le doy derecho a dormir en la misma cama con el patrón por mi hijo.
Irene se voltea a verlo con molestia. Ulises siente que la respiración se le agita.
Irene: (molesta) Deja de mencionar eso.
Rómulo: Es la verdad, señora. Gústele a usted o no, Ulises es hijo mío también, suyo y mío.
Ulises desencaja el rostro por completo. Ha recibido otra puñalada más en la misma noche y siente que no aguanta más, por lo que sale corriendo de allí y deja la puerta levemente entrebierta.
Irene: (muy seria) Mira, Rómulo. Te voy a advertir algo. Deja de hacerme reclamos estúpidos cada vez que hacemos el amor porque últimamente te has puesto insoportable y fastidioso, y ya me estoy hartando.
Rómulo también la mira con seriedad.
Irene: Entiende de una vez que así funcionan las cosas entre nosotros y no van a cambiar.
Rómulo: Yo también me puedo cansar, señora.
Irene: (con una sonrisa incrédula) ¿Y qué? ¿Vas a contar todo para arruinarle la vida al hijo del que tanto alarde haces? ¿Eso quieres?
Rómulo no responde y desvía la mirada ante esas preguntas.
Irene: A Ulises déjalo por aparte. Él es hijo de Leoncio para todo el mundo y así va a seguir siendo. Hazlo si de verdad lo quieres y deseas verlo triunfar. Por ahora confórmate con saber que lo tienes cerca.
Irene comienza a vestirse. Rómulo se queda acostado en el colchón y se pone de lado para darle la espalda a la mujer con evidente molestia.
INT. CASA DE LOS FERRER/PASILLO – NOCHE
Entretanto, Ulises camina casi sin poder respirar y sube las escaleras apresurado, sin poder dejar de llorar. Se dirige a su habitación y justo entonces, Leoncio sale de la suya.
Leoncio: ¡Ulises!
El muchacho se detiene de espaldas y respira hondo para contener el llanto.
Leoncio: ¿Has visto a tu mamá?
Ulises tarda unos segundos en responder.
Ulises: No.
Leoncio: Qué raro. Me quedé dormido un rato y cuando me desperté, ya no la vi. Hasta dejó el celular en la pieza.
Leoncio nota que el muchacho no se mueve y se extraña.
Leoncio: ¿Estás bien?
Ulises: (cortante) Sí.
Leoncio: ¿Seguro?
Ulises: Estoy cansado. Me quiero ir a dormir.
Leoncio se acerca un poco.
Leoncio: Hijo…
Ulises aprieta los puños y se voltea a verlo con rabia.
Ulises: Déjeme en paz.
Leoncio queda desconcertado al verlo en ese estado, con los ojos rojos y el rostro humedecido.
Leoncio: (preocupado) ¿Qué tienes? Te veo mal.
Ulises: Mal estoy desde hace mucho y no te has dado cuenta.
Leoncio se queda mudo ante esa frase.
Ulises: Toda la vida has sido igual de distante conmigo y solo te ha importado la aseguradora. Incluso ahora estás más pendiente del sambero recién llegado que de mí.
Leoncio intenta responder.
Leoncio: Ulises, eso no es…
Ulises: Mejor cállate.
Ulises no lo deja hablar y se encierra en su habitación con seguro. Leoncio, aún preocupado, toca e intenta abrir.
Leoncio: ¡Ulises! ¡Ulises, ábreme! (Tocando) Ábreme, hijo. Tenemos que hablar.
Ulises: (gritando) ¡Vete!
Leoncio resopla, desconcertado. Ulises, por su parte, se desliza en la puerta y se deja caer, seco y ya sin ganar de llorar más. Todo el mundo se le ha derrumbado en cuestión de horas.
INT. CASA DE LOS FERRER/HABITACIÓN DE PASCUAL – NOCHE
Pascual lee tranquilamente un libro recostado sobre la cama y en eso tocan suavemente la puerta.
Pascual: Sí, adelante.
Marcela: (entrando) Hola, abue. ¿Cómo sigues? ¿Necesitas algo?
Pascual cierra el libro.
Pascual: No, mijita. Estoy bien.
Marcela: (acercándose) ¿Ya te tomaste las pastillas?
Pascual: Sí, sí. La verdad es que me hartan esas benditas pastillas, pero no tengo de otra. Esta vez sí voy a hacerle caso al médico.
Marcela sonríe satisfecha, se sienta a su lado y le toma una mano.
Marcela: Me alegra porque anoche nos pegaste un susto horrible. Estabas pálido y pensamos que te habías ahogado.
Pascual: Menos mal no fue así. Fue más el susto.
Marcela: De todas formas, te pudiste morir. Debes tener más cuidado y no volver a descuidar los medicamentos.
Pascual: Yo sé. Usted quédese tranquila que yo ya estoy bastante viejo.
Marcela: Es que en serio sí me preocupé. Yo no sé qué hubiera hecho donde a usted me le hubiera pasado algo porque aunque sea medio gruñoncito… (Hace una pausa y sonríe) Lo quiero mucho.
Pascual le aprieta suavemente la mano.
Pascual: Y yo también la quiero, mijita y a parte de eso, también me siento muy orgulloso de usted. Más bien cuénteme qué fue lo que pensó. ¿Todavía piensa renunciar?
Marcela suspira.
Marcela: Hoy estuve pensándolo todo el día y creo que no.
Pascual asiente con aprobación.
Marcela: Voy a volver a intentarlo a ver esta vez cómo me va.
Pascual adopta nuevamente su tono serio.
Pascual: Entonces procure no cometer el mismo error dos veces. ¿Oyó? Hay mucha gente esperando a que usted se equivoque por ser tan joven, así que no me vaya a decepcionar. Usted tiene que demostrar que está a la altura.
Marcela: Tú diciéndome eso me hace sentir más presionada y la verdad, la idea de volver al puesto es para hacer las cosas distintas, abue.
Pascual: ¿Distintas cómo?
Marcela: Por ejemplo, hacer mi trabajo sin tener la presión constante de que tengo que demostrar que soy la mejor porque por esa misma presión es que terminé embarrándola con la presentación. Estaba tan nerviosa, con tanto en la cabeza, que por eso me salió mal.
Pascual: Mire, Marcela. La vida es de sacrificios, mija y yo no quiero tener en mi familia a mediocres como a Ulises, aunque a ver sí es cierto y cumple con lo que prometió la vez pasada de querer entrar a trabajar a la aseguradora, pero en fin. A lo que iba es que usted tiene que aspirar a cosas grandes y no conformarse con simplemente hacer lo que le toca.
Marcela: Sí, yo lo sé, pero déjeme hacerlo a mi ritmo y a mi tiempo, abuelo porque si sigo con la misma presión de avanzar tan rápido, voy a cometer más errores y usted me enseñó un dicho. De las carreras…
Pascual: (completando) No queda sino el cansancio.
Marcela: ¿Sí ves? Entonces por favor no esperes que avance a pasos agigantados cuando apenas me gradué de la universidad.
Pascual resopla y termina asintiendo con una leve sonrisa.
Pascual: Está bien. Confío en usted.
Marcela: (sonriente) Gracias, abuelito lindo.
Marcela le da un abrazo y luego se levanta.
Marcela: Bueno, te dejo para que descanses. Hasta mañana.
Pascual: Hasta mañana, mija.
Marcela se da la vuelta, aunque se gira al recordar algo.
Marcela: Ah y gracias también por darle una oportunidad a Diego.
Pascual: Por eso no me tiene que agradecer. Estoy en deuda con ese muchacho. Después de lo que hizo por mí era lo mínimo.
Marcela: Entonces ¿ya sí le crees que es tu nieto?
Pascual permanece pensativo unos segundos.
Pascual: Todavía hay cosas que confirmar, pero… (Hace una pausa) Hay algo que me dice que sí.
Marcela: Me alegra mucho que le estés dando al menos el beneficio de la duda. He podido hablar bastante con él estos días y aunque apenas lo conocí, me parece un muchacho muy decente.
Pascual asiente lentamente.
Pascual: Eso también he empezado a pensar. Ojalá no me equivoque (Dice con seriedad).
Marcela: Yo creo que no. Que descanses, abue.
Marcela sale de la habitación y cierra la puerta tras sí. Pascual se queda pensativo.
INT. CASA DE LAURA E INÉS/SALA – NOCHE
Thiago está sentado, devorándose una empanada mientras mira televisión. Diego entra con una expresión algo seria y se pone en medio del televisor.
Diego: Veo que você se adaptou rápido.
Thiago: (fastidiado) Quítate. Estou terminando de assisir la serie que vai na melhor parte.
Diego apaga el televisor del botón. Thiago no se queda sin protestar.
Thiago: (molesto) Ô, liga a TV, cara! (¡Oye, enciende la tele, hombre!”)
Diego: Preciamos conversar.
Thiago resopla frustrado y se recuesta en el sofá.
Thiago: Fala.
Diego: ¿Por qué você não me avisou que venía para acá?
Thiago: Porque sabia que se te contava, ibas a decir que no.
Diego: Claro, porque no tienes nada qué hacer en este país.
Thiago: Para de ser egoísta, mano. Ya te dije que queria te acompanhar. É isso.
Diego: (molesto) No me trata como si yo fosse un moleque, Thiago. Eu te conheço desde pequeno.
Thiago desvía la mirada.
Diego: Tú no viniste por mí. Viniste porque estabas encantado con la idea de yo tener un pai rico. E todavía convenció a dona Ginevra para pagar la viagem.
Thiago: Ella se ofreció.
Diego: Claro, porque você manipulou ella.
Thiago: Já foi, Diego! (Ya basta, Diego). ¿Qué tiene isso de errado, mano? Você deveria aproveitar e reclamar seus derechos para nosotros salir da vida de miséria que temos lá no Brasil.
Diego: Você não está entendendo. Yo no me interesso por el dinheiro dessas personas. Yo vine para buscar el dinheiro da cirugía que você tá precisando, mano. Yo no vine a este país como turista e quero que você entenda isso.
Thiago: Como é que você é tão idiota e burro? Você não pode desperdiçar essa oportunidade.
Diego: Voy a desperdiçar porque no me interesso, ya te dije.
Thiago: (frustrado) Debí ser el hijo do Leoncio Ferrer en vez de você.
Thiago se cruza de brazos con una sonrisa incrédula. De repente, ambos son interrumpidos por Ginevra, quien viene bajando las escaleras.
Ginevra: (off screen) ¡Oh santo cielo! ¡Niña Inés, esto es el colmo! ¡Una cosa es bañarse con agua fría por la mañana y otra muy distinta por la noche! ¡Me voy a morir de una pulmonía en esta casa!
Ginevra hace aparición en la sala envuelta en una bata elegante, con una toalla sobre la cabeza y se sorprende al ver a Diego.
Diego: Boa noite, dona Ginevra.
Ginevra: (con indiferencia) Ah, hasta que apareces. Te fuiste anoche y prometiste que volverías, pero no. Pasaste la noche por fuera.
Diego: Tuve un problema e no consegui voltar, mas ahora que estamos juntos los tres, mejor porque quero esclarecer as coisas.
Ginevra: A ver. ¿Y con qué nos vas a salir, niño Diego? ¿Vas a decirnos que ahora que eres rico te avergonzamos?
Diego: (muy serio) Dona Ginevra, por favor, me deixe falar…
Ginevra: (lo interrumpe) Porque te recuerdo que hasta hace unos días repartías pizzas en Río de Janeiro en esa bicicleta vieja, propiedad de don Tutankamón, alias “don Francisco”.
Diego: Dona Ginevra…
Ginevra: Eras un pobre diablo, sudoroso y andrajoso, eh, bueno en parte todavía.
Diego: Chega, por favor! (¡Basta, por favor!)
Ginevra se calla, sorprendida ante el tono fuerte con el cual el joven le ha hablado.
Diego: Eu preciso que vocês dois me escuchem claramente e não vou conseguir se usted continuar hablando como cotorra.
Ginevra: (impactada, a punto de llorar) ¿Cotorra? ¡Oh santo cielo! ¿Ves lo que te digo? Se te están subiendo los humos, mi corazón. Tú no eras así.
Diego resopla, exasperado.
Diego: Escuchem. Yo no vine a Colombia a passiar ni a perseguir una herença. Vine porque preciso conseguir dinero para pagar a tua cirurgía, Thiago.
Thiago baja la mirada con evidente molestia.
Diego: Y com respeito a usted, dona Ginevra, eu quero pedir desculpas.
Ginevra: (extrañada) ¿Disculpas de qué?
Diego: Yo sé que Thiago convenció a la senhora de pagar el viaje para venir a me buscar e usted también dio dinero a él en Brasil cuando aconteceu aquele malentendido. Yo nunca concordé com ele que me iba para la cama con usted.
Ginevra y Thiago comparten miradas de complicidad.
Diego: Eu prometo que voy a devolver cada real que gastó por nuestra culpa.
Ginevra: (con petulancia) No necesito que me devuelvas nada. Lo único que quiero es que me des una oportunidad, niño Diego.
Ginevra comienza a acercarse con mirada dulce, sumisa y haciendo un puchero.
Ginevra: Tú eres lo único que me importa, mi corazón. Te amo y si vine fue para estar contigo.
La mujer, con coquetería, le acomoda el cuello de la camisa de Diego, quien se incomoda.
Ginevra: Déjame demostrarte que podemos ser felices y además… (Hace una pausa, viéndolo con deseo) Con este frío necesito que alguien me caliente.
Thiago carraspea exageradamente.
Thiago: ¡Ejem! (Se pone de pie) Mejor ir para dejar ustedes solos y queden más cómodos.
Diego: ¡Thiago!
Pero el muchacho ya se dirige hacia las escaleras.
Diego: ¡Thiago! Todavía no terminamos de hablar.
Thiago sube las escaleras y desaparecer.
Ginevra: (en tono sensual) Bueno, mucho mejor. Estamos a solas para portarnos mal. En el sofá no sería mala idea.
Ginevra le guiña un ojo. Diego resopla con frustración y se aparta con seriedad.
Diego: Doña Ginevra, por favor. Voy a pedirle que me deje en paz y no continúe insinuando para mí esse tipo de coisa.
Ginevra deja de sonreír, molesta.
Diego: Usted no tiene nada que hacer en este país. Lo mejor es que regrese a Brasil.
Ginevra: ¡Oh santo cielo! ¿Me estás echando? Colombia no es tuya, niño Diego. ¡De aquí no me saca ni el presidente!
Diego: Tan solo quiero evitar para usted más problemas.
Ginevra: Sí, claro. Reconoce más bien que quieres quedarte tranquilo con esa lagartona de tu prima.
Diego frunce el ceño.
Diego: O quê?
Ginevra: No te hagas que ya me contaron todo. Esa muchachita, la tal Marcela, anda detrás de ti. No lo niegues.
Diego: Eso no es verdad y le pido que no vuelva a hacer escándalos. La próxima vez ni yo voy a poder ayudar e se la policía decide actuar, la senhora poderia terminar detenida.
Ginevra: (aterrada) ¿Detenida?
Diego: Sí. ¿Eso quiere? ¿Quedar pressa en un país que ni conoce?
Ginevra: ¡Claro que no, niño Diego! ¡Calla esos ojos! Yo no soportaría estar encerrada y ser acosada por lesbis.
Diego: Entonces no vuelva a hacer algo como lo que hizo en la aseguradora ayer.
Ginevra: (poco convencida) Está bien. Quédate tranquilo que no volverá a pasar. De todas manera, aunque quisiera devolverme tampoco puedo.
Diego la mira confundido. Ginevra comienza a gimotear.
Ginevra: Yo no tengo tanto dinero como todos creen.
Diego: ¿Ah, no?
Ginevra: (negando) Todo es una farsa, niño Diego. Me hago la millonaria, pero no. Te confieso que soy transrica.
Diego: (confundido) ¿Transrica?
Ginevra: ¡Claro! ¡Una rica atrapada en el cuerpo de una pobre!
Diego dibuja una sonrisa de burla en su rostro.
Ginevra: ¡No te ríes que estoy siendo muy sincera!
Diego: Dona Ginevra, isso não existe.
Ginevra: Claro que existe. Mi situación es grave. Mi apartamento en Río está hipotecado. Debo las tarjetas. Hace meses vivo endeudada y… (Hace una pausa y baja la cabeza con pena) Muchas veces pedía pizza porque ya ni siquiera tenía para comer otra cosa.
Las lágrimas ruedan por su rostro. Diego parece no creerle totalmente.
Ginevra: Lo último que tenía lo gasté viniendo hasta acá. ¡Estoy en la ruina, mi corazón! Es más, ni la renta de esta casa tengo para pagar.
Diego se queda en silencio, pensando.
Ginevra: ¡Por favor, no me dejes sola en esta situación o voy a terminar como una mendiga!
Diego termina asintiendo.
Diego: Está bien.
Ginevra dibuja una sonrisa de ilusión en su rostro al oírlo.
Diego: Vou ver que puedo hacer.
Ginevra rompe a llorar y lo abraza con fuerza.
Ginevra: Gracias. Eres un ángel.
Diego permanece inmóvil, incómodo, sin corresponder el abrazo. Detrás de su espalda, el llanto de Ginevra desaparece poco a poco y una lenta sonrisa de satisfacción aparece en el rostro de la diva. Cierra los ojos por un instante y huele a Diego, disfrutando la cercanía.
CONTINUARÁ…
















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