Capítulo 12: Detrás de las máscaras

INT. CASA DE LAURA E INÉS/SALA – DÍA

Ginevra está de pie, con los brazos abiertos. Inés le aprieta una faja con todas sus fuerzas mientras intenta cerrarle los broches.

Ginevra: (espantada) ¡Oh, santo cielo! ¡Más despacio!

Inés: Quietica, pues. Si se mueve, no entra.

Inés hace otro esfuerzo. Ginevra habla casi que ahogada.

Ginevra: ¡No puedo respirar!

Thiago está sentado en el sofá, con su celular, y observa la escena intentando contener la risa. Inés termina de cerrar otro broche.

Inés: Ahí va, ahí va...

Ginevra abre mucho los ojos.

Ginevra: ¡Me estoy poniendo morada!

Inés: Eso es normal. Aguántese un ratico.

Ginevra: ¿Normal? ¡Me estás cortando la circulación, niña Inés!

Inés: ¿Y qué prefiere? ¿Respirar o que se le vea la barriguita?

Ginevra: (espantada) ¿Cuál barriga? ¡Yo no tengo barriga! Es más, para tu información, paso tres horas diarias en el gimnasio haciendo bicicleta elíptica. 

Inés: Ay, mija, todas tenemos barriga. Unas más escondiditas que otras, eso sí.

Thiago suelta una carcajada.

Thiago: Essa foi boa (Esa estuvo buena).

Ginevra: (mirándolo fulminante) ¡Tú cállate, niño Thiago! Mira que a este paso tú también vas a agarrar barriga pero de vago y te vas a quedar sin nalgas de estar echado todo el día.

Thiago: (indignado) Ei! 

Finalmente Inés acomoda la falda y da un paso atrás para admirar su trabajo.

Inés: Ahora sí. Quedó como una miss de concurso de belleza.

Ginevra intenta caminar. Lo hace con pasitos cortos y de forma rígida.

Ginevra: Creo que no puedo doblarme, niña Inés. 

Inés: Mejor. Así mantiene la postura.

Ginevra suspira resignada.

Ginevra: Todo sea por verme regia en mi nuevo trabajo como imagen de Seguros Ferrer.

Thiago levanta la vista, sorprendido.

Thiago: Espera. A senhora vai trabalhar lá?

Ginevra: Tal como lo oyes, mi corazón (Habla mientras se pone la blusa). La lagartija entaconada recapacitó y entendió que una estrella como yo no aparece todos los días.

Thiago: ¿Lagartija?

Ginevra: La niña Irene, la que se peleó conmigo el día que fuimos tú y yo a la empresa.

Inés: (riendo) La verdad está bueno el apodo para esa vieja que tanto explota a mi Laurita. Ni a mí se me había ocurrido.

Ginevra: Igual ya hicimos las paces y entendimos que no debe haber lugar a asperezas entre dos damas tan distinguidas como nosotras. Por eso me propuso trabajo y yo acepté encantada.

Thiago: (extrañado) ¿Por qué? A senhora não precisa trabalhar.

Ginevra: Tengo que buscar algo para hacer mientras estoy en este país y tú también deberías hacerlo.

Inés: De él me ocupo yo luego. Por ahora… (Extiende inmediatamente la mano) Es un millón de pesos.

Ginevra: ¿Cuánto es eso en dólares o en reales?

Inés: (pensativa) Hum, ahí sí me corchó, aunque espérese miro aquí.

Inés saca su celular del bolsillo de su delantal y hace la conversión de moneda. Ginevra la mira con suspicacia. Después de unos segundos, la primera le muestra la cantidad.

Inés: Pues según esta cosa, este sería el total en dólares.

Ginevra: (impactada) ¿¡300 dólares!?

Inés: Claro. Incluye asesoría de imagen, instalación de la faja y garantía emocional. El trabajo no es de gratis. ¿Qué creyó?

Ginevra: Esto es un abuso, niño Inés. ¡Me estás embaucando!

Inés: Ay, qué palabra tan fea, mi reina. Entienda que este es mi emprendimiento, pero tranquilita. Usted si quiere, me paga por cuotas. Yo también le puedo fiar.

Ginevra resopla.

Ginevra: Está bien. Veré cuándo te puedo pagar y ya me voy que tengo entrevista en una hora, y mi Uber ya debió haber llegado. 

Inés: Que le vaya bien. 

Ginevra toma su bolso y sale de la casa caminando rígidamente. Thiago rompe a reír.

Thiago: Ela parece un pingüino.

Inés: Y usted un oso perezoso, así que váyase poniendo los zapatos porque nos vamos.

Thiago: Pra onde?

Inés: A mirar el local del restaurante.

Thiago: Hoje não. Quero descansar.

Inés lo mira unos segundos con los ojos entrecerrados y se acerca.

Thiago: (extrañado) O que foi?

De repente, la mujer le agarra la oreja y lo obliga a pararse.

Thiago: (adolorido) Ai, ai, ai! Dona Inés!

Inés: ¡Levántese, pues! Aquí yo no mantengo vagos. ¡No, señor!

Thiago: ¡Está dolendo!

Inés: Pues que le duela. ¿O es que piensa dejar que Diego haga todo mientras usted se rasca la barriga?

Thiago: Yo estou enfermo.

Inés: Y yo vieja pero aun así trabajo.

Le da un pequeño jalón.

Thiago: Ai!

Inés: Muévase. La plata se gana con el sudor de la frente y si usted y su hermano van a ser mis socios, tienen que colaborar en todo lo del restaurante. ¿Entendió? Me voy a ir a quitar este delantal, así que lo espero para salir en cinco minutos.

Inés se retira hacia la cocina. Thiago no se queda sin rechistar, frustrado.

Thiago: Brasil era mais tranquilo...

Inés: (desde lejos) ¡Muévase que no tenemos todo el día!

Thiago suspira derrotado y exasperado.


INT. CASA DE LOS FERRER/COBERTIZO – DÍA

Luego del forcejeo con el vidrio, Ulises ha accidentalmente apuñalado a Diego en el abdomen, a un costado. Ulises se queda petrificado. El vidrio resbala de sus dedos y cae al suelo con un tintineo. Una pequeña mancha roja comienza a extenderse sobre la camisilla blanca del brasileño. 

Ulises: (temblando) Yo… Yo no quería… 

Diego también mira la herida. Instintivamente se lleva la mano al costado y al retirarla la encuentra manchada de sangre.

Diego: (adolorido) Argh…

Diego hace una mueca de dolor con la mano allí en el costado. Ulises corre hacia él y, sin saber qué hacer, intenta presionar la herida con ambas manos, pero al ver que la sangre sigue saliendo, las retira inmediatamente, aterrado.

Ulises: ¡Perdón! ¡Perdón! De verdad, de verdad no quería. ¡Se lo juro que no quería!

Ulises rompe en llanto desesperado.

Ulises: ¡Perdón! 

Diego empalidece un poco, aunque intenta guardar la calma, con la mano en el abdomen.

Diego: Tranquilo, não foi sua intenção. Estou bem.

Ulises: ¿Qué bien ni qué nada? Está sangrando.

Diego: Vou estar bien, de verdade. 

Ulises: Ya nada va a estar bien, nada…

Ulises no sabe qué hacer, se desespera y se frota los brazos, manchándose la ropa de sangre. 

Ulises: Todo lo que hago, lo hago mal. Me van a meter a la cárcel. ¡Me van a meter a la cárcel! (Comienza a dar vueltas, perdido).

Diego: Guarda a calma, por favor. 

Ulises: Primero Federico y ahora usted. 

Diego frunce el ceño, extrañado. Ulises llora sin noción alguna al borde del colapso.

Ulises: (aterrado) ¡Me voy a pudrir en la cárcel! ¡Me voy a pudrir en la puta cárcel!

Diego, aunque adolorido, intenta mantenerlo conectado con la realidad, tratando de contener el sangrado con una de sus manos.

Diego: Ei, olha pra mim. Respira.

Ulises no oye razones y solo niega con la cabeza. Diego se acerca despacio.

Diego: Ei, Ulises… Vamos, respira.

Diego hace un esfuerzo y, con el brazo que tiene libre, le toma suavemente el antebrazo para impedir que siga temblando y moviéndose de un lado a otro.

Diego: Tudo vai dar certo.

Ulises levanta lentamente la mirada con sus ojos están completamente inundados de lágrimas. Diego se conmueve al verlo tan vulnerable y luego le pone la mano en el hombro.

Diego: Você não hizo nada de errado, tá? Tranquilo.

Ulises: Yo no quería atacarlo. 

Diego: Yo sé, yo sé que no. Por ahora, me mira e tenta tranquilizarte.

Ulises es incapaz de mirarlo y sigue respirando agitado. Diego desliza con suavidad la mano hasta un costado del cuello del muchacho y, con la yema de los dedos, le sostiene apenas la mejilla, obligándolo con delicadeza a levantar la mirada.

Diego: Eso, así. Me mira. 

Ulises se sorprende levemente por aquel contacto y finalmente al encontrarse con la mirada del brasileño, parece volver a la realidad.

Diego: Vou estar bien e você no vai ir pra cárcel, tá? Esto no es grave.

Ulises: Yo soy una basura, una porquería y a pesar de lo que le acabo de hacer, usted me está intentando ayudar.

Diego: Eres un tipo valioso. Tengo certeza e no fala assim de você. Tudo va a dar certo. Confía.

Ulises traga saliva, conmovido y asiente con la cabeza.

Ulises: Voy por ayuda.

Ulises se aparta y sale corriendo del cobertizo, gritando a viva voz.

Ulises: ¡Auxilio! ¡Que alguien venga, por favor! ¡Ayuda!

Rómulo justo está lavando un auto con la camisa arremangada y voltea a ver.

Ulises: ¡Necesito ayuda ya, por favor!

Rómulo deja de lado la esponja y sale corriendo en dirección al cobertizo.

Rómulo: ¿Qué pasó, joven? ¿Está bien?

Ulises: (muy nervioso) Entra y ayúdalo. 

Rómulo: ¿A quién?

Ulises: ¡A Diego! ¡Ayúdalo!

Rómulo no entiende, pero entra al cobertizo. Diego está recostado en una pared, débil y la mancha de sangre sobre la camisilla se ha hecho más grande. 

Rómulo: (sorprendido) ¿Qué pasó aquí? 

Ulises: (balbuceando) Fue un… Fue un accidente…

Ulises se siente incapaz de responder la verdad. Rómulo interpreta todo al revés y sin darle tiempo a explicar, agarra a Diego violentamente de la camisilla.

Rómulo: (furioso) ¿Qué se supone que le hizo al muchacho?

Diego apenas logra sostenerse.

Diego: (con dificultad) Eu... no hice nada.

Rómulo lo sacude nuevamente.

Rómulo: ¡Respóndame, hijuep…!

Ulises: (lo interrumpe) ¡Basta, Rómulo! ¡Déjelo!

Rómulo: Joven, pero…

Ulises: Él no me hizo nada. Suéltelo ya. ¿Que acaso no está viendo que el que necesita ayuda es él? Está malherido.

Rómulo baja la mirada y ve en efecto la herida sangrando por encima de la camisilla. Diego está perdiendo más sangre y se ve pálido.

Ulises: ¿Qué está esperando, imbécil? ¡Llévelo ya mismo a un hospital o se va a desangrar!

Rómulo frunce el ceño.

Rómulo: Yo no estoy para llevar este tipo al hospital. Yo no soy chofer de él. 

Ulises: Pero sí está para obedecerme a mí y si no lo lleva inmediatamente, me voy a encargar personalmente de que lo echen de esta casa como un perro. ¿Entendió?

Diego: Está tudo bem. Vou pedir um táxi. 

Ulises: Claro que no. Rómulo, le di una orden.

Rómulo: Joven, pero…

Ulises: ¡Pero nada! ¿Qué parte de lo que le estoy diciendo no está entendiendo? ¡Haga su trabajo o se las va a ver con mi abuelo o con mi papá! 

Los dos se sostienen la mirada durante unos segundos. Finalmente, Rómulo resopla con fastidio.

Rómulo: Está bien.

El hombre se acerca al brasileño a regañadientes.

Rómulo: Sosténgase de mí.

Diego se sostiene del tipo colocando su brazo sobre la nuca de él y ambos salen del cobertizo. Ulises sale detrás de ellos.


INT. FUNERARIA – DÍA

El ambiente es solemne. Personas vestidas de negro conversan en voz baja. Marcela entra acompañando a Cristina, quien aún lleva la venda en la cabeza. En la entrada de la sala de velación aparece Guillermo, apresurado, pues también acaba de llegar al mismo tiempo que ellas, pero por separado.

Guillermo: Marcela, mi amor.

El hombre la abraza con fuerza. Ella corresponde notablemente afligida y al cabo de unos segundos se separan.

Guillermo: Apenas me llamaste, salí para acá.

Marcela asiente agradecida. Guillermo dirige una mirada breve hacia Cristina.

Guillermo: Cristina…

Cristina: Hola, Guillermo.

Hay un silencio incómodo entre la expareja. Guillermo observa la venda en la cabeza de su exesposa.

Guillermo: ¿Qué te pasó?

Cristina se toca la venda con incomodidad.

Cristina: Nada grave. Me caí anoche.

Guillermo percibe que no quiere hablar del asunto, así que no insiste.

Marcela: ¿Entramos?

Guillermo asiente y los tres avanzan al interior de la sala de velación. Carlos Manuel se encuentra en el fondo, vestido completamente de negro, recibiendo las condolencias de familiares, empresarios y amigos. El ataúd se encuentra allí también junto con un gran retrato de Federico, adornado con un inmenso arreglo floral. En cuanto el hombre ve a a la joven, se disculpa con las personas con las que hablaba y se acerca a ella.

Carlos Manuel: Marcela, viniste. 

Marcela: Claro. Era lo más correcto. Federico era mi prometido y estábamos a nada de casarnos. De verdad yo… (Hace una pausa) Lo siento muchísimo. Mi más sentido pésame, don Carlos Manuel. 

Marcela lo abraza con prudencia. Marcela gimotea un poco.

Carlos Manuel: Gracias, Marcela.

Guillermo: Lo acompañamos en este momento tan difícil.

Cristina: Mi más sentido pésame de verdad. Lo lamentamos.

Carlos Manuel y Marcela se separan. El primero asiente con un rostro contenido.

Carlos Manuel: Gracias. La pérdida de un hijo nunca va a ser fácil. Esa no es la ley de la vida.

Guillermo: No me logro imaginar. 

Carlos Manuel: Anoche nada más hablé con Federico por celular. Lo noté tranquilo, calmado y hablamos como cualquier otro día sin nada extraordinario.

Marcela: ¿Y entonces? ¿Qué fue lo que pasó, don Carlos Manuel? ¿Cómo es que…? 

Carlos Manuel: Ni yo entiendo, Marcela. Por ahí cerca de la medianoche me llamaron del hospital diciéndome que había sufrido un accidente. Me fui de inmediato a verlo, pero en la madrugada me dieron la noticia.

Cristina: ¿Qué tipo de accidente sufrió?

Carlos Manuel: Se cayó por las escaleras del edificio (Todos se sorprenden). Las cámaras de seguridad muestran que salió aturdido del apartamento, como tambaleándose. Estaba sin camisa y tenía la mano puesta en la cabeza. Luego oidió el ascensor, pero no esperó más de un minuto y decidió bajar por las escaleras. Fue ahí que se resbaló y…

Marcela no puede evitar que se le salten las lágrimas al oírlo.

Marcela: Me parece de no creer. Yo también apenas hablé con él ayer y no en los mejores términos. 

Carlos Manuel: (extrañado) ¿Cómo así? ¿Discutieron?

Marcela asiente y se limpia con discreción las lágrimas.

Marcela: Hay algo que no le he contado a nadie, don Carlos Manuel, ni siquiera a mis padres (Guillermo y Cristina se extrañan). Federico y yo… (Hace una pausa con dificultad) Federico y yo ya no estábamos juntos. Yo le había terminado.

Todos se sorprenden al escucharla.

Guillermo: ¿Desde cuándo, Marcela? ¿Por qué no nos habías dicho nada?

Marcela: Es que me tenía la cabeza hecha un ocho, papito. Hacía unos días había descubierto que Federico me estaba siendo infiel.

Carlos Manuel: (sorprendido) ¿Mi hijo infiel?

Marcela: (muy dolida) Yo sé que no es lo más correcto contar esto justo en estas circunstancias y más en medio del velorio de él, pero sí. Federico me estaba engañando.

Cristina: Ay, Marcela. Debiste hablar. No debiste cargar con eso tú sola.

Guillermo: Tu mamá tiene razón, hija. Ustedes dos estaban a nada de casarse. ¿Cuándo nos pensabas decir?

Marcela: Quería esperar la oportunidad. Justo eso coincidió con la llegada de Diego a la casa y todo se puso patas para arriba. 

Cristina: (extrañada) ¿Quién es Diego?

Guillermo: Larga historia. Luego te cuento.

Carlos Manuel baja la cabeza con seriedad y algo de pena. 

Carlos Manuel: Lamento mucho lo que pasó, Marcela. No tengo ni cómo justificar a Federico.

Marcela: No hace falta, don Carlos Manuel. Tranquilo. El engaño es de lo menos en estos momentos.

Carlos Manuel: No minimice las cosas. No podemos tapar el sol con un dedo solo porque mi hijo está muerto. Eso no lo exime de sus culpas.

Marcela: Yo prefiero que no toquemos el tema. Ya de por sí me siento fatal porque ayer él vino a buscarme para pedirme otra oportunidad. No terminamos hablando de la mejor manera y por eso me duele todavía más pensar que esa fue la última vez que lo vi con vida.

Carlos Manuel suspira profundamente.

Carlos Manuel: Lamento mucho que las cosas hayan terminado de esa forma. Yo siempre pensé que usted iba a formar parte de esta familia y me alegraba la idea de tenerla como nuera.

Marcela se conmueve.

Marcela: Gracias, don Carlos Manuel.

Carlos Manuel le aprieta la mano con afecto.


INT. ASEGURADORA FERRER/SALA DE JUNTAS – DÍA

Leoncio, Irene y tres integrantes del departamento de publicidad y mercadeo se encuentran reunidos y sentados alrededor de la gran mesa que compone la sala de juntas. Ginevra permanece sentada en una silla al frente de la mesa, con las piernas cruzadas y con una sonrisa llena de picardía. Leoncio se inclina hacia su esposa y ambos hablan en voz baja.

Leoncio: ¿Esta no es la misma mujer que armó el escándalo el otro día?

Irene: (disimulando) Sí, la misma..

Leoncio: (desconcertado) ¿Y qué está haciendo aquí?

Irene: Hablé con recursos humanos para que la citaran a una entrevista y así elegirla para ser la modelo de la nueva campaña publicitaria de la aseguradora.

Leoncio: No entiendo. ¿Por qué hiciste una cosa así después de la pelea que tuvieron?

Irene: Todo en la vida no consiste de odios y rencores, Leoncio. Esta mujer y yo ya hicimos la paces, así que no te preocupes. Me pareció buena idea ya que al fin y al cabo soy la relacionista pública de la aseguradora. 

Ginevra se atreve a interrumpir.

Ginevra: ¿Y bueno? ¿Me van a contratar o no? Llevan rato cuchicheando y mirando mi currículum, y a este paso me van a salir raíces y se me va a poner plato mi escultural trasero.

Uno de los publicistas hojea el curriculum de la diva.

Publicista 1: Señora Montiel…

Ginevra: ¡Señorita!

Publicista 1: Disculpe. Quería decirle que estamos revisando su hoja de vida, pero vemos que realmente no tiene experiencia en campañas publicitarias.

Publicista 2: Es cierto. Aquí solo aparecen participaciones como extra en producciones audiovisuales de Brasil, México, España y Estados Unidos (Comienza a pasar varias hojas). Ha hecho de mesera, de transeúnte, de enfermera, de bailarina de pole dance y en el kínder hizo de árbol.

Ginevra levanta una ceja.

Ginevra: ¿Y le parece poco? Porque podré haber sido extra, pero una extra muy cotizada. La calidad siempre vale más que la cantidad, mis corazones. Escríbanlo por ahí.

Irene: (interviniendo) En eso estoy de acuerdo. Nuestra empresa, señores, siempre se ha caracterizado por ser una de las mayores generadoras de empleo del país, dando oportunidades a personas sin experiencia. ¿Qué tiene de negativo eso en la hoja de vida de la señorita Ginevra Montiel?

Leoncio no se convence de la defensa de su esposa y la mira con suspicacia.

Publicista 3: (a Irene) Doctora Valenzuela, por desgracia el perfil que buscamos sí requiere explícitamente experiencia de una modelo en campañas publicitarias y ya hemos entrevistado a otras candidatas que se ajustan más a lo que queremos.

Ginevra: (indignada) ¿Me está descartando aquí en mis narices? 

Irene: (sonriéndole con hipocresía) Ginevra, déjemelo a mí.

Ginevra: ¡Pues no, niña Irene! Miren, señoritos. Paren oreja y escuchen muy bien lo que les voy a decir. 

Los publicistas miran sorprendidos la osadía de la cómica mujer.

Ginevra: Hoy en día la publicidad ya no depende únicamente de la experiencia. Depende de la imagen. Tengo miles de seguidores en redes sociales y un rostro reconocido en varios países. Una campaña conmigo puede llamar la atención de inversionistas extranjeros.

Los asistentes intercambian miradas.

Irene: ¿Lo ven? Personalmente me parece una candidata interesante. Incluso, por su edad, podría generar mayor cercanía con un público maduro.

Ginevra: ¿Me estás acaso tratando de vieja, niña Irene?

Irene: Claro que no, Ginevra. Lo que quiero decir es que por su imagen, personas mayores y de la tercera edad se podrían interesar en adquirir seguros con nosotros.

Ginevra: (incrédula) Sí, claro. Pues si de edad se trata, tanto tú como yo deberíamos ser la imagen de la campaña. Tú sí que estás pisando la tercera edad.

Irene mantiene la sonrisa y la compostura, aunque claramente le molesta el comentario.

Irene: Por favor, no me malinterprete. A lo que voy es que esta campaña debe conectar con personas de todas las edades, nada más.

Ginevra: Sí, sí. Hazte la imbécil.

Leoncio carraspea para cortar la tensión y se pone de pie.

Leoncio: Muy bien. Agradecemos su tiempo, doña Ginevra. Vamos a evaluar todos los perfiles y la decisión final la tomaremos junto con Recursos Humanos.

Ginevra: Espero que no se demoren mucho. Hay empresas que saben reconocer una oportunidad cuando la tienen enfrente.

Leoncio asiente con cortesía.

Leoncio: Le estaremos informando.

Ginevra: Está bien, pero si no me llaman rápido, voy a irme para la competencia, mis niños. Mejor aprovéchenme.

Ginevra también se pone de pie y se retira de la sala de juntas, caminando con petulancia. Los publicistas la ven irse con una sonrisa, no de admiración, sino de gracia.


INT. ASEGURADORA FERRER/OFICINA DE LEONCIO – MINUTOS DESPUÉS

Leoncio entra acompañado de Irene. Ella cierra la puerta.

Irene: No entiendo por qué no contrataron de una vez a esa travesti de pueblo. Debiste dar tu sí para evitar darle más largas a este asunto. 

Leoncio la mira divertido.

Leoncio: Qué curioso.

Irene: ¿Qué?

Leoncio: La acabas de llamar “travesti de pueblo”. Pensé que ya habían hecho las paces.

Irene: (exasperada) Bueno, sí, se me salió. Hay que reconocer que tiene un look bastante estrafalario, pero con un mejor maquillaje podría vender muy bien la campaña.

Leoncio toma asiento en su silla. Irene permanece de pie.

Leoncio: Tú dirás hasta misa, Irene, pero a mí esa mujer no me termina de convencer.

Irene: ¿Por qué?

Leoncio: Porque ya vimos el espectáculo que armó hace unos días y además para Diego sería una situación bastante incómoda. Ya viste que se autonombra la novia y prometida de él, cosa que ya Diego me explicó que no es verdad.

Irene: ¡Ay, por favor! El brasileño ni siquiera trabaja directamente aquí. No veo por qué eso deba influir en una decisión de mercadeo que nos va a traer ganancias.

Leoncio permanece pensativo.

Leoncio: Pues no sé…

De repente, el celular de la mujer comienza a sonar. Ella mira la pantalla y se pone más seria que de costumbre.

Leoncio: (extrañado) ¿Qué pasa? ¿No vas a contestar?

Irene duda por varios segundos. El celular no deja de sonar y ella decide ignorar la llamada.

Irene: No es nada importante. Sobre lo otro, déjemelo a mí. Yo me encargo de manejar ese asunto de la modelo de la campaña. Tú solo danos el aval y aprueba la financiación de la que para eso eres director financiero. 

Leoncio: Lo voy a pensar y te aviso, ¿ok?

Irene rueda los ojos con exasperación. De nuevo, su celular suena. 

Leoncio: Debe ser importante porque si no, no te estarían llamando con tanta insistencia.

Irene: Ha de ser alguna estupidez.

Leoncio: ¿Y quién te está llamando si se puede saber?

Irene: Yo, a diferencia de ti, no oculto secretos ni hijos perdidos, así que no tengo problema en decirte.

Leoncio no toma a bien el comentario. 

Irene: Es Rómulo. De seguro debe ser alguna cosa de la casa o a confirmarme la hora de recogida para hoy.

Leoncio: Bueno. Contéstale entonces o te va a estallar el celular a punta de llamada.

Irene finalmente atiende.

Irene: (fastidiada) ¿Qué quieres, Rómulo? Estoy ocupada (Pausa) ¿Qué? ¿Cómo? ¿Y dónde está?

Irene desencaja el rostro. Leoncio se da cuenta de que algo no marcha bien.


INT. HOSPITAL/SALA DE URGENCIAS – DÍA

Diego permanece sentado en la camilla, sin camisa. La enfermera termina de colocarle un vendaje limpio sobre el costado del abdomen. Ulises permanece de pie, callado, en el fondo.

Enfermera: Listo, ya quedó. Menos mal no fue una puñalada profunda y con los puntos fue suficiente.

Diego: (aliviado) Graças a Deus.

Enfermera: Pero eso sí, durante unos quince días nada de levantar peso, nada de hacer esfuerzos bruscos y procure mantener la herida limpia. ¿Me entiende?

Diego asiente.

Diego: Entendo, sim. El problema es que eu trabalho carregando caixas…

Enfermera: (confundida) ¿Caixas?

Diego: Eh, sí… Caixas, caijas, no me lembro como es la palavra. 

Diego intenta explicarle con señas.

Ulises: Creo que se refiere a cajas.

Diego: ¡Eso, cajas!

Enfermera: Entiendo, pero si fuerza esa herida, la puede abrir otra vez y ahí sí el problema será mucho peor. Es mejor que se cuide. Mire que estuvo con suerte esta vez

Diego suspira resignado.

Diego: Tá bom. Muito obrigado.

La enfermera le sonríe y sale de la habitación. Diego toma su camisilla. Intenta ponérsela con cuidado, pero al levantar el brazo hace una mueca de dolor.

Diego: Argh…

No logra pasar la prenda. Ulises lo observa unos segundos y de mala gana, se acerca y le ayuda a ponerse la camisilla. Ulises evita completamente verle el torso desnudo y mantiene la vista fija en la tela y cuando termina de acomodársela, retrocede un paso.

Diego: Gracias.

Ulises: ¿De qué? 

Diego: Por ayudarme y por haberle pedido a esse cara que me trojesse, trajesse al hospital…

Ulises: Trajera…

Diego: (sonriendo avergonzado) Sí, eso. Hoy estoy olvidando las palabras.

Ulises: No fue nada. Era lo mínimo que podía hacer. Más bien debo pedirle perdón.

Ulises baja avergonzado la cabeza. Diego lo mira fijamente con tranquilidad.

Ulises: Yo… estaba muy mal. No quería hacerle daño.

Diego: Yo sé, mas não precisa ficar se culpando.

Diego nota la mano vendada del muchacho. 

Diego: Tu mano aí também precisa de revisión.

Ulises: Esto no fue grave. Estoy bien.

Diego se queda en silencio unos segundos, mirándolo. Ulises se da cuenta y se intimida.

Ulises: ¿Qué? 

Diego: ¿Qué foi que aconteceu?

Ulises guarda silencio.

Diego: Você estava muito desesperado. Pode confiar em mi se precisar de alguma coisa.

Ulises Yo… (Hace una pausa) Estaba nervioso y solo me dio una crisis, pero ya me calmé.

Diego: Por ahora, pero ¿qué tal si vuelves a sufrir de lo mesmo mais tarde?

Ulises: Hay cosas que uno no sabe cómo arreglar y me sentí sin salida, pero voy a estar bien. Podré controlarlo luego. 

Diego: ¿Tienes certeza?

Ulises: Bueno, ¿y por qué usted se preocupa tanto? ¿Por qué le interesa lo que pase conmigo después de cómo lo he tratado?

Diego lo observa con sincera preocupación.

Diego: Eu quero ajudar. Você es mi hermano e a minha mãe me ensiñó que la familia lo es todo na vida. 

Ulises no puede evitar sorprenderse internamente por las palabras del brasileño.

Diego: Me duele también quando alguém cercano de mí sufre. Me gostaria verte bien y además, eres un tipo guapo y elegante. No mereces sufrir así.

Ulises siente una chispa que se despierta en él ante esas palabras.

Diego: No dejes que te roubem la alegría.

Ulises traga salida y se conmueve. La sonrisa sincera del brasileño lo desarma. De repente, ambos son interrumpidos. Leoncio e Irene llegan preocupados.

Leoncio: ¡Ulises!

Ulises se gira, sobresaltado. Diego los ve también llegar.

Irene: (acercándose enseguida) ¿Estás bien, hijo? Rómulo me llamó. Me dijo que también estabas herido.

Irene le toma la mano vendada para revisarla.

Ulises: No fue nada importante. Solo un corte. Diego fue el que salió lastimado y se llevó la peor parte.

Leoncio dirige de inmediato la mirada hacia su hijo mayor.

Leoncio: ¿Cómo estás, Diego?

Diego le dedica una sonrisa tranquila y dulce. 

Diego: Estou bem. Foi só um cortezinho e me colocaram pontos. 

Leoncio: ¿Tan profunda fue la herida?

Diego: O médico dijo que no. Fue pequeña la cortada.

Leoncio: Menos mal. 

Diego: Lamento es que vou ficar unos quinze dias sem poder carregar peso.

Leoncio: Eso es lo de menos. Lo importante es que no haya pasado a mayores, pero ¿qué fue lo que pasó? ¿Cómo es que se cortaron? (Desconcertado)

Diego y Ulises cruzan una mirada fugaz. El segundo baja la mirada con miedo a ser delatado. Diego entiende de inmediato.

Diego: Foi um acidente.

Irene: (incrédula) ¿Un accidente?

Diego: Eu estaba guardando unas cajas en el cobertizo y había un espelho viejo. De ahí, sin querer me choqué con él, cayó, se rompió y un pedazo terminó cortándome. Nem eu mesmo entendí cómo pasó tan rápido.

Leoncio asiente, aunque todavía preocupado.

Leoncio: De verdad que sí pudo ser peor. 

Irene no parece convencida.

Irene: (a Ulises) ¿Y tú cómo te cortaste?

Ulises: (nervioso) Eh, yo… Iba para el cobertizo también y cuando vi que Diego estaba sangrando, intenté ayudarlo a sacar el vidrio y terminé cortándome también.

Irene arquea una ceja con desconfianza.

Irene: ¿De verdad? No estarás tratando de encubrir a este tipo porque si él te atacó, puedes decirme. No te dé miedo.

El comentario cae pesado en los demás.

Leoncio: (molesto) Irene, ¿qué carajos te pasa? 

Irene: ¿Qué? Yo solo estoy cerciorándome de la seguridad de mi hijo. 

Leoncio: Pero es de mal gusto que estés intentando acusar a Diego.

Irene: Quiero saber cómo pasaron las cosas y además, no te hagas el imbécil, Leoncio. Este joven viene de una de las ciudades más peligrosas del mundo y de una favela. ¿Qué vas a saber tú qué clase de mañas agarró?

Diego: (indignado) Dona Irene…

Esta se gira a verlo con desprecio.

Irene: ¿Qué? ¿Va a confesar que intentó atacar a mi hijo para deshacerse de él al verlo como competencia?

Leoncio: (furioso) ¡Basta, Irene! ¡No pienso tolerar un ataque más!

Diego: Está bien, señor. Yo puedo me defender solo.

Irene: (con burla) ¿Defenderse? ¿Y con qué lo hará? ¿Con un puñal, con un cuchillo?

Leoncio toma del brazo a su esposa.

Leoncio: ¡Irene, vete!

Irene: (soltándose) ¡No me toques y menos por sacar la cara por ese marginal! 

Ulises se ve nervioso y no sabe cómo intervenir. Diego frunce el ceño.

Diego: Mire, senhora. Ya hice bastante esforço pra demostrar que não quiero hacerle daño a ninguém, pero si usted decidió me odiar sin me conocer, isso ya no depende de mim. Mejor váyase porque mi paciencia y amabilidade têm um limite. 

Irene: ¡Ah, no, pues! ¡Lo que faltaba! ¿Me está amenazando ahora?

Ulises observa la escena, cada vez más incómodo hasta que no aguanta más.

Ulises: Ya déjalo en paz, mamá.

Irene gira sorprendida.

Irene: ¿Perdón? ¿Y tú desde cuando sales en defensa de este tipo? Te recuerdo que a ti también te cae mal.

Ulises: Sí, pero hoy me di cuenta de que no es quien yo pensaba.

Diego se sorprende ligeramente al ver que el muchacho lo defiende.

Ulises: Diego es un tipo muy valioso y yo estaba equivocado, pero tú… Desconfías de todo el mundo, señalas los defectos de todos y nunca miras los tuyos. No te das cuenta de que también tienes rabo de paja. 

Irene queda completamente desconcertada.

Irene: Ulises, pero…

Ulises: No quiero seguir hablando contigo. ¡Me largo!

Ulises da media vuelta y sale de la sala.

Irene: ¡Ulises! ¡Ulises, vuelve aquí!

Irene sale tras él. Leoncio observa cómo ambos se marchan y suspira.

Leoncio: Perdóname. La verdad ya no sé ni cómo hacer para que Irene te respete y deje de atacarte.

Diego: Estoy intentando agüentar, senhor, pero sua esposa está me poniendo todo difícil.

Leoncio: Por favor, no le hagas caso. Tarde que temprano tendrá que entender. Ulises y mi papá, por lo menos, ya bajaron la guardia contigo. Ella también, ya vas a ver.

Diego intenta sonreír.

Diego: Vou tentar.

Leoncio le devuelve una sonrisa cálida.

Leoncio: Descansa. Voy a ver qué hace falta para que te den de alta y nos vamos a la casa.

Diego: Obrigado.

Leoncio se retira de la sala. Diego se queda a solas y resopla.


INT. HOSPITAL/PASILLO – DÍA

Ulises, entretanto, sale a paso rápido del hospital. Rómulo, quien aguarda en la sala de espera, lo ve y se extraña.

Rómulo: ¡Joven!

Ulises lo ignora y sigue su camino. Irene viene a lo lejos.

Irene: ¡Ulises! ¡Ulises, tenemos que hablar! 

Ulises no se detiene y se pierde pronto por el pasillo. Rómulo, desconcertado, se acerca a la mujer.

Rómulo: ¿Qué tiene el joven? ¿Qué le pasó?

Irene: (exasperada) ¿Y yo qué voy a saber? Me acaba de hacer un numerito allá adentro delante del maldito brasileño ese. Lo defendió y se fue en mi contra. 

Rómulo: (sorprendido) La verdad es que si está raro.

Irene: ¿Estás seguro de que el brasileño no fue el que lo atacó?

Rómulo: Para serle sincero, no sé, señora. Yo estaba lavando uno de los carros cuando lo escuché gritando y pidiendo ayuda. Entré al cobertizo y vi que el brasileño estaba sangrando mucho. 

Irene: Hay gato encerrado. Ulises estaba en contra de ese tipejo y no dejaba de llamarlo “sambero” despectivamente, y así, de la noche a la mañana, sale en defensa de él. 

Rómulo: ¿No cree que ya es hora de que ejecute el plan? Llevamos días posponiendo.

Irene: (pensativa) Tienes razón. Esta situación me está volviendo loca y ya no quiero seguirle viendo la cara a ese arrastrado. 

Rómulo: ¿Cuándo quiere que haga la llamadita a la policía?

Irene no responde y se queda pensativa.


INT. FUNERARIA – DIA

Los asistentes continúan acercándose al ataúd para despedirse de Federico. El ambiente permanece en silencio. Marcela, de pie junto al féretro, seca discretamente una lágrima. Carlos Manuel se aproxima.

Carlos Manuel: Marcela, ¿podemos hablar un momento?

Marcela asiente, se seca las lágrimas, gimotea y ambos se apartan hacia un rincón más reservado de la sala.

Marcela: Dígame. ¿Qué pasa?

Él guarda unos segundos de silencio.

Carlos Manuel: Quisiera hacerle una pregunta y le agradecería que me respondiera con sinceridad.

Marcela: (extrañada) Claro. Dígame.

Carlos Manuel: ¿Usted sabe con quién la estaba engañando Federico?

Marcela siente un ligero sobresalto, pero logra mantener la compostura.

Marcela: La verdad es que no, señor.

Carlos Manuel la observa fijamente y luego saca su celular.

Carlos Manuel: Mire esto.

El maduro hombre comienza a reproducir un video. En la pantalla aparecen las imágenes de las cámaras de seguridad del edificio. Ulises se ve claramente saliendo apresurado del apartamento de Federico. La puerta queda entreabierta. Marcela frunce el ceño. Carlos Manuel adelanta el video aproximadamente una hora y media. Federico aparece tambaleándose. Está sin camisa y parece desorientado, además de que se toca la cabeza con dolor. Pide el ascensor, pero solo espera unos treinta segundos, da unos pasos por el pasillo y baja las escaleras. De pronto pierde el equilibrio y su cuerpo rueda violentamente por las escaleras. Marcela lleva una mano a su boca.

Marcela: ¡Dios mío!

Carlos Manuel apaga el video y mira con seriedad a la joven.

Carlos Manuel: Si no me falla la memoria, ese joven que salía del apartamento de mi hijo es su primo, Ulises. Lo recuerdo de la fiesta de compromiso.

Marcela tarda un instante en responder.

Marcela: Sí. En efecto es él, pero no le entiendo. 

Carlos Manuel: Marcela, no necesito que me mienta. Yo sé que usted había descubierto que mi hijo era homosexual.

Marcela baja la mirada con incomodidad.

Carlos Manuel: Es más, la entiendo y comprendo el motivo por el que quiso terminar con él. Es más que válido. Federico a veces se portaba como un cochino y un degenerado.

Marcela: ¿Usted cree que esa es la manera de referirse a su propio hijo en el funeral de él?

Carlos Manuel: No hay que negar lo evidente. Yo lo sabía y quise hacerlo entrar en razón desde que era un muchachito, un pelado, pero nunca me hizo caso y este video cobró sentido cuando usted me contó hace rato el porqué terminó con él. ¿Qué mujer se querría casar con un gay que la engaña con alguien de la propia familia?

Marcela: Mire, don Carlos Manuel. Yo le ruego y le suplico que no le diga de esto a nadie. Ulises es mi primo y no quiero que se forme un problema mayor. 

Carlos Manuel: (asintiendo) Puede estar tranquila, aunque no le prometo nada. En el apartamento había sangre en el piso y una botella untada de sangre también.

Marcela: ¿Qué está insinuando?

Carlos Manuel: Es probable que su primo y Federico hayan discutido. Desconozco de quién es la sangre y ya mandé a hacer unos análisis. De descubrirse que es la sangre de mi hijo, eso implicaría a su primo en tentativa de homicidio.

Marcela: Discúlpeme, pero eso no es suficiente prueba. El video ahí es claro. Federico se cayó por las escaleras. 

Carlos Manuel: Pero si lo golpeó con esa botella, quiere decir que es indirectamente culpable del accidente. Federico salió buscando ayuda y ahí se cayó.

Marcela: (consternada) La verdad no sé qué pensar. 

Carlos Manuel: Por ahora le pido prudencia. Es claro que voy a hacer mis averiguaciones con la mayor discreción posible porque no quiero que la prensa se dé cuenta. 

Marcela: (asintiendo) Está bien.

Carlos Manuel: Y sobre todo, no le comente nada a su primo.

Marcela: Puede contar con ello. Espero que se esclarezca la verdad.

En ese instante se acerca un empleado de la funeraria con discreción.

Empleado: Disculpe, don Carlos Manuel (Él voltea) Ya estamos listos para trasladar el ataúd al cementerio. Solo hace falta que firme unos documentos.

Carlos Manuel: Enseguida voy.

El empleado se retira. Carlos Manuel vuelve a mirar a la muchacha.

Carlos Manuel: Gracias por escucharme, Marcela.

Marcela asiente con un gesto amable. El hombre se retira y ella permanece inmóvil, completamente pensativa. En otro extremo de la sala de velación, Guillermo se ve escribiendo varios mensajes en su celular. Cristina lo observa con desconfianza a unos metros y se le acerca.

Cristina: ¿Qué te tiene tan entretenido en ese celular?

Guillermo se pone nervioso y guarda el dispositivo.

Guillermo: Cosas de la oficina. Tuve que salir a las carreras cuando Marcela me llamó para contarme de la muerte de Federico y dejé algunos pendientes.

Cristina: (con suspicacia) ¿De verdad es eso? 

Guillermo: ¿Qué más podría ser?

Cristina: No sé. Dímelo tú. ¿No será más bien que te estás escribiendo con tu amante?

Guillermo suspira, exasperado y le habla en voz baja.

Guillermo: Cristina, por favor. Estamos en un funeral. Este no es el momento para hacer escenas ni reclamos.

Cristina: (indignada) Lo mismo te digo yo a ti. Dejaste sola a tu hija en el funeral de su prometido por estar pegado de ese aparato. ¿Y me recriminas mi comportamiento?

Guillermo: Tan solo me aparté unos minutos. Marcela estaba hace un rato hablando con Carlos Manuel, así que no la dejé sola. Deja tu paranoia que además ya no somos nada.

Y sin esperar respuesta, se aleja. Cristina permanece observándolo y frunce ligeramente el ceño, sin fiarse de su exmarido.


INT. LOCAL – DÍA

Inés recorre el lugar con una enorme sonrisa. Thiago la sigue sin mucho entusiasmo, con las manos en los bolsillos. El dueño del local también está presente.

Inés: Ay, no. Este local está una belleza. Incluso ya me imaginé cómo lo voy a distribuir.

Inés comienza a recorrer ciertos puntos del sitio.

Inés: (emocionada) Por allá va la cocina, por acá pueden ir las mesas y por ese ladito pongo la caja. ¡Va a quedar una berraquera este restaurante!

Dueño: Entonces ¿sí me lo va a alquilar?

Inés: Sí, me lo quedo. En estas paredes voy a abrir mi soñado restaurante. Es más, le pago el depósito y el primer mes de una vez.

El dueño le extiende la mano.

Dueño: Bienvenida entonces.

Los dos estrechan sus manos.

Inés: Espéreme no más. Va a ver que ese restaurante lo inauguro en menos de lo que canta un gallo y queda oficialmente invitado. El primer plato que pida corre por cuenta de la casa.

Dueño: (sonriéndole) Trato hecho.

De repente, Thiago nota que su celular vibra y al ver en la pantalla quién lo llama, sale del local con discreción. Inés lo ve irse, aunque no presta mucha atención y sigue conversando con el dueño. Thiago contesta.

Thiago: O que você quer agora?


RÍO DE JANEIRO, BRASIL


INT. CALLES – DÍA

Luana camina con seguridad por una calle de su barrio. Varios hombres la observan al pasar y ella sonríe con evidente satisfacción.

Luana: Nem um "oi"? Achei que você fosse ficar feliz em ouvir minha voz (¿Ni un “hola”? Pensé que te alegraría escuchar mi voz).


INTERCUT THIAGO/LUANA

Thiago: Já te contei tudo o que você queria saber sobre o Diego. Agora me deixa em paz (Ya te conté todo lo que querías saber sobre Diego. Ahora déjame en paz).

Luana sonríe con picardía.

Luana: Não estou ligando por causa dele, pelo menos não só por isso (No llamo por él, al menos no solo por eso).

Thiago frunce el ceño.

Thiago: Então por quê? (¿Entonces para qué?)

Luana se detiene y se queda mirando hacia la entrada de un jardín de niños.

Luana: Decidi que vou morar na Colômbia (Decidí que me voy a vivir a Colombia)

Thiago desencaja el rostro al oírla.

Thiago: Como assim morar aqui? Você enlouqueceu? (¿Cómo que vivir aquí? ¿Te volviste loca?)

Luana: Agora que descobri que o Diego virou um herdeiro rico, ele ficou muito mais interessante (Ahora que descubrí que Diego se volvió un heredero rico, se volvió mucho más interesante).

Thiago niega con indignación.

Thiago: Você não tem vergonha na cara? (¿No te da vergüenza?)

Luana: Vergonha não paga conta, meu bem e faz um favor, consegue dinheiro pra viagem e me manda (La vergüenza no paga las cuentas, mi amor y hazme un favor, consigue dinero para el viaje y me lo envías).

Thiago: Nem pense nisso (Ni lo sueñes).

Luana sonríe con malicia.

Luana: Tudo bem. Então se não fizer isso, conto ao Diego que tipo de irmão ele realmente tem (Está bien. Entonces si no lo haces, le contaré a Diego la clase de hermano que realmente tiene).

Thiago: (incrédulo) Você não faria isso (No serías capaz).

Luana: Não tenta a sorte, Thiago. Eu posso ser muito ruim e além disso, também tenho uma surpresa para ele, então vou aguardar a grana, tá? (No me retes, Thiago. Puedo ser muy mala y además, también tengo una sorpresa para él, así que voy a esperar el dinero, ¿ok?).

Luana cuelga sin darle oportunidad de responder. Thiago permanece inmóvil, con el teléfono todavía pegado al oído. Baja lentamente el celular y respira hondo, completamente frustrado.


RÍO DE JANEIRO, BRASIL

EXT. JARDÍN DE NIÑOS – DÍA

Luana, entretanto, guarda el celular en su bolso de mano. Varios niños pequeños salen y se encuentran con sus padres. Una maestra se acerca llevando de la mano una niña en específico. Luana sonríe emocionada al verla y la niña también.

Luana: Laurinha!

La niña, de unos cinco años, se suelta de la maestra y corre hacia la mujer. 

Laurinha: Mãezinha! (¡Mamita!)

Luana sonríe con auténtico cariño, se agacha para recibirla en brazos y la abraza con fuerza. Laurinha le rodea el cuello mientras Luana la besa en la mejilla.

CONTINUARÁ…


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